Ana Crespo de las Casas preside en la actualidad la Real Academia de las Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y su intervención comienza por señalar que la función de las Academias no es tanto abordar lo ultimísimo de los avances de cada disciplina, sino aportar una visión multidisciplinar al conjunto de la sociedad y, muy especialmente, a muchas de las decisiones de la gobernanza pública, tan necesitada de un soporte científico serio y también diverso. En esto, nos dice Ana Crespo, todas las academias occidentales se parecen entre sí. Cosa distinta son las del antiguo bloque soviético que tienen dinámicas peculiares.

En esta aportación a la gobernanza, pero, en realidad, al conjunto del saber humano, los líquenes, que son la especialidad de nuestra ponente, ofrecen unas características únicas por lo que representan en sí mismas, sí, pero sobre todo en su condición simbiótica. Como es sabido, los líquenes son una simbiosis entre hongo y alga. Su descubrimiento en el siglo XIX supuso una revolución ante la idea imperante entonces de organismos individuales. En fuerte contraste con esta idea, el liquen nos presenta a dos seres distintos cooperando, esto es, nos presenta el fenómeno simbiótico. Nos encontramos, pues, con algo esencial para comprender la evolución de la vida que, como el liquen evidencia, tanto debe a la cooperación, a la simbiosis, entre especies. Entendiendo los líquenes, nos dice la ponente, entendemos la vida, sus infinitas manifestaciones y su evolución que se organiza, no solo por competencia por la supervivencia, sino también cooperativamente.

Pues bien, estos organismos están presentes por todas partes, empezando por nuestro propio cuerpo En efecto, vivimos acompañados por unos seres que nada tienen que ver con nosotros desde ningún ángulo desde el que se los observe pero que, sin embargo, están presentes en todo nuestro organismo, desde las paredes intestinales hasta en el mismísimo cerebro. Esta presencia generalizada tiene su causa en la simbiosis de la que proceden los líquenes.

Cuando Ana Crespo inició sus estudios, las investigaciones sobre los líquenes se centraban en los caracteres fenotípicos de estos organismos, es decir, en sus características externas. Sin embargo, estos caracteres externos aportan una información ambigua sobre estos seres en la medida que ni es suficiente, ni es precisa. Otros organismos cuentan con un conjunto amplio de indicadores externos cuya combinación permite identificarlos con más seguridad. No es el caso de los líquenes. Y su conocimiento es esencial para imaginar el desarrollo de la vida en la Tierra.

Cuando observamos a nuestro planeta desde el punto de vista biológico, lo primero que salta a la vista es que se trata de un hábitat de insectos. El número de especies es excepcional pero su identificación diferenciada resulta relativamente sencilla. Por el contrario, en el caso de los líquenes sus características no permiten diferenciarlos con la misma facilidad por la simple observación y tampoco mediante las técnicas microscópicas. Es necesario recurrir al estudio genómico.  Precisamente por este carácter difuso, ambiguo, de los líquenes conocemos poco de los mismos a pesar de su extraordinaria generalización. Tampoco sabemos demasiado de los propios hongos. Los hongos no son parientes de las plantas, nos dice Ana Crespo. De hecho, están más relacionados con los animales.  A su vez, muchos de los hongos son producto de mutaciones irreversibles de las que tampoco conocemos su desarrollo en detalle.

Lo que sí sabemos es que los hongos son, nos dice la ponente, oportunistas natos. Su proceso evolutivo, tan peculiar, es fruto de lo que podría imaginarse como un propósito vital, nos sugiere Ana Crespo, una doble voluntad, por decirlo así, que podría formularse como “¿Dónde me meto que no me estorben?” y/o “¿con qué o con quienes puedo colaborar?” Y ambas, sobre todo, la segunda, son preguntas esenciales para explicar la evolución de la vida que, a la postre, es una evolución, muchas veces simbiótica, de esa primera célula viva, “Luca” (Last Universal Common Ancestor), una supuesta célula ya hecha que todos los organismos vivos tienen en común y de la que parten todos seres vivos. En ese camino entre esa célula primigenia y cada uno de los cientos de miles de manifestaciones vivas hay un proceso evolutivo en el que la simbiosis juega un papel transcendental. Y los líquenes son el producto simbiótico más desarrollado con el que contamos. De ahí que su conocimiento sea esencial. 

Como se ha comentado, los líquenes son una simbiosis del hongo con el alga que adquiere así una base fotosintética tan propia de las plantas. Incorporando la fotosíntesis a su modo de vida, los líquenes pueden, literalmente, vivir del aire. Y no solo eso, la función fotosintética que el alga aporta al hongo libera a éste del mayor de sus riesgos vitales cual es la deshidratación. El resultado es que el liquen adquiere algo parecido a la inmortalidad. Lo líquenes pueden durar fácilmente 200 o 300 años en condiciones normales. En circunstancias adversas, las funciones vitales del liquen prácticamente se paralizan o se reducen a su mínima expresión. Es así, por ejemplo, que encontramos líquenes en la Antártida que tienen más de 2000 años en los cuales su crecimiento y desarrollo, dadas las condiciones extremas del entorno en el que tiene que desarrollarse, son lentísimos. Se han medido crecimientos del 0,01 % anual y hasta del 0,001%. Pero, crecimiento, a fin de cuentas: vida, en otras palabras.

Cuando el liquen no encuentra con qué alimentarse, no come, no respira, no trabaja, pero sigue hidratado, sigue vivo, nos dice la ponente. Las circunstancias en las que un liquen es capaz de sobrevivir son asombrosas. No es ya solo que algunos de los líquenes que pueblan las partes menos pisadas de las calzadas romanas estaban ahí mismo cuando por esas calzadas desfilaban las legiones. Es más que eso. Se ha comprobado que los líquenes adheridos a la superficie exterior de naves espaciales que han traspasado nuestra atmósfera y han deambulado por la galaxia, han regresado vivas a la Tierra donde han reanudado sus funciones vitales con las mismas características de las que tenían en el momento del despegue de la nave.

Vamos descubriendo que cuando la simbiosis entre el hongo y el alga se produce, se empieza a perder información genética de origen y van apareciendo nuevas soluciones epigenéticas. Estas soluciones que las células encierran son producto de la simbiosis y nos muestran que la vida se mueve también a grandes saltos. Esto es lo que se conoce como la teoría de la endosimbiosis seriada y es el gran descubrimiento de la bióloga norteamericana Lynn Margulis (1938- 2011).

La cuenta de la edad de la vida en la Tierra no había forma de cuadrarla hasta que esta evolución a saltos que genera la simbiosis no se tuvo en cuenta. El que al trascendental descubrimiento de Lynn Margulis no se le adjudicara un premio Nobel, es, a juicio de Ana Crespo, una muestra inequívoca del claro sesgo discriminatorio que aun impregna a la Academia sueca.

El conocimiento de los líquenes debe también mucho a Will Henning (1913-1976), biólogo y entomólogo alemán, que a través de una obra singular estableció los principios del análisis filogenético y de la sistemática cladística. Su manera de sistematizar e integrar ideas esenciales en un todo riguroso y convincente supuso, no tanto una innovación, pero sí una aportación metodológica de primer orden.

Sin embargo, los distintos estudios sobre los líquenes y la simbiosis en general encontraban una seria dificultad cual era la falta de consensos básicos sobre los elementos identificativos de los distintos organismos involucrados. En este sentido, una aportación capital fue la del norteamericano Kary Mullis (1944-1919) que encontró una forma eficiente, rápida y barata de identificar el ADN de cualquier organismo.

Mullis sí fue recompensado con el Nobel de 1993 por el descubrimiento de la reacción en cadena de la polimerasa (PCR por sus siglas en inglés) y que permite la ampliación de las secuencias específicas de ADN. LA PCR se convirtió así en una técnica central de la bioquímica y la biología molecular. Gracias a sus aportaciones se pudo hacer grandes avances en el conocimiento de los caracteres moleculares genotípicos que controlan, por ejemplo, la reproducción de los organismos. En general, se pudo conocer con más profundidad los entresijos de la biodiversidad.

Con estas aportaciones se pudieron comparar unos organismos con otros y se pudo definir mejor los caracteres y el concepto de cada especie. Fueron también estos avances los que permitieron superar aquella ambigüedad de los caracteres fenotípicos de los líquenes a los que la ponente se refería al principio de su intervención. Y es que este carácter ambiguo se debe a que algunos líquenes guardan, digamos, escondida, información genética que no se manifiesta en su actividad externa hasta que las circunstancias exigen su aparición. Pero hasta entonces, esa información era inaccesible hasta que la identificación de su ADN fue posible con el descubrimiento de Kary Mullis.

Todo este conjunto de avances nos muestra que los líquenes no son solo una pareja de hongo y alga sino una comunidad múltiple. En la misma están implicados bacterias, levaduras y micro hongos secundarios. De hecho, en 2016 un estudio de la Universidad de Utah identificó levaduras basidiomicetas simbiontes en muchos líquenes reabriendo el debate sobre su estructura.

Con estos avances, el estudio de los líquenes está cambiando la biología en profundidad. Ha dado origen a la biología simbiótica, que es la base para entender otros fenómenos como la endosimbiosis, es decir, las mitocondrias y cloroplastos La visión más moderna de un liquen lo visualiza como un microsistema simbiótico o, si se quiere, como un organismo colectivo o holobionte, más que como una simple asociación cooperativa de una pareja de especies.

En definitiva, concluye Ana Crespo, el mayor conocimiento de los líquenes nos ha permitido conocer mejor un elemento esencial de la evolución de la vida en la Tierra cual es la simbiosis. Este conocimiento, a su vez, es vital para determinar, por ejemplo, qué actuaciones deben ponerse en marcha para evitar la extinción de una especie o qué debe hacerse para evitar la proliferación de una especie invasora.

Y en estos avances formidables, reivindica Ana Crespo, la aportación de las mujeres científicas ha sido y sigue siendo esencial, aunque, como en el caso de Lynn Margulis, no encuentre el reconocimiento que merece.

La catedrática Ana Crespo de las Casas es una bióloga especializada en los líquenes. A su larga experiencia investigadora y docente plasmada en una infinidad de publicaciones, se une una extensa actividad en la Administración española que culmina en 2014 con su nombramiento como presidenta de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.