Las excursiones nos siguen saliendo estupendamente bien a los diletantes. La de ayer a la isla de Santa Clara no fue una excepción. Tuvimos un tiempo estupendo. Fue una delicia surcar la bahía de Donostia con una mañana como la de ayer. No quiero ni pensar lo que hubiera sido con lluvia y un poco, solo un poco, de viento raqueado.

Como otras veces, fuimos en autobús recogiendo a los distintos diletantes en Algorta, Las Arenas y Bilbao y pudimos apearnos en el Bulevar, aunque, eso sí, a todo correr porque la normativa de la ciudad prohíbe a los autobuses discrecionales dejar o coger a sus pasajeros en un sitio distinto de la estación de autobuses que nos quedaba muy lejos del puerto. Pero, bueno, ahí que nos bajamos ligeros y nos dirigimos hacia en puerto.

Embarcados en el gasolino, llegamos a la Isla y empezamos la ascensión hacia el antiguo faro que es donde está instalada la peculiar escultura de Cristina Iglesias. La subida es bastante durita, pero, sobrados de tiempo como estábamos, fuimos ascendiendo tranquilamente hasta llegar a la cumbre. Desde allí arriba, las vistas de la bahía y del mar son excepcionales. Solo para observarlas hubiera merecido la pena hacer la excursión.

Nos quedaba el motivo oficial de la excursión: admirar la escultura que Cristina Iglesias había hecho para su ciudad natal. La obra ocupa toda la superficie del faro y sus piezas, todo ello de bronce, hubo que traerlas e instalarlas por helicóptero. Son 54 piezas que pesan en conjunto 15 toneladas. El resultado es magnífico porque a la belleza de la obra se une una instalación que bombea agua a intervalos que asemejan, tanto por la dinámica, como por el ruido que generan, a las olas del mar. Una preciosidad.

De vuelta en el puerto volvimos a montarnos en el autobús a todo correr en el mismo sitio e igual de ilegalmente que bajamos. De allí escapamos hacia Zarauz a cuyas afueras, pero muy afueras, casi en la punta del monte, llegamos a la sidrería en la que teníamos contratada la comida. Una cosa suave: ensalada y fritos para empezar, después bacalao en salsa verde y después chuletón.  Y postres, claro, con no pocas y suculentas “copas de la casa” al viejo estilo más tradicional.

Hacia las 18 horas volvimos a subir al autobús, esta vez de forma perfectamente legal, y pusimos rumbo a casa donde llegamos al filo de las 8 de la tarde.

En definitiva, un día espectacular.