Nuestro ponente, nos cuenta él mismo, es un economista que llega al mundo financiero por puro accidente y en un momento de crisis. Se enfrenta pronto a pérdidas relevantes de los clientes que tiene encomendados y hasta recibe alguna demanda lo que le hace caer en cuenta, más si cabe, de lo duro que es perder los dineros de gentes que con su trabajo tanto les ha costado reunir.

En España la gestión ordenada del patrimonio, grande o pequeño, que vamos acumulando a lo largo de la vida es muy escasa. Por lo general, somos cortoplacistas y carecemos de un rudimento de cultura financiera que, por otro lado, nadie nos ha enseñado. Tampoco contamos con el buen entrenamiento que, por ejemplo, supone para los suizos el hecho de que una parte relevante de sus cotizaciones sociales obligatorias se capitalice individualmente durante décadas. El resultado habitual suele traducirse en que cada suizo cuente con varios millones de francos suizos en el momento de su jubilación.

El ejercicio de evaluar cual es nuestro patrimonio actual y proyectarlo al futuro a través de una planificación razonable y de una ejecución ordenada es en lo que están especializados los gestores de patrimonio. Estos profesionales no tienen una bola de cristal. Es cierto que hay variables científicamente acreditadas que permiten visibilizar la viabilidad futura de una empresa, pero la marcha general de la economía y de los valores bursátiles concretos, tan dependientes, por ejemplo, de personalidades políticas o de cambios geoestratégicos, es imposible de predecir.

Sin embargo, lo que sí se puede anticipar es que los índices bursátiles generales a un plazo de 7, 8 o 10 años históricamente han ofrecido rendimientos anuales del 7-8% en horizontes largos. Existen, pues, formas de protegernos de la volatilidad intrínseca de los mercados financieros a través de una gestión profesionalizada de nuestro patrimonio que nos proteja de quien es, probablemente, nuestro peor enemigo: nosotros mismos y nuestras decisiones precipitadas ancladas en puras reacciones psicológicas ante los vaivenes del mercado. En esta gestión profesionalizada es relevante la capacidad de analizar la marcha de las empresas concretas en las que se baraja las posibilidades de inversión y a este respecto, nos dice Álvaro Vitorero, los libros de contabilidad de esas empresas resultan mucho más útiles que cualquier libro de economía.

Desde que en la década de los 80 su liberalización catapultó los mercados financieros globalizándolos, éstos no han hecho más que experimentar convulsiones que van desde la crisis de las .COM, a la más terrible de las depresiones que se originó en 2007-2008, la posterior crisis de euro que Mario Draghi logró cortar o la crisis de COVID que fue el equivalente a una situación de guerra, pero sin violencia. Mientras la actividad económica ordinaria sufría, las reacciones de los bancos centrales a estas crisis, por lo general, han optado por inundar el mercado de liquidez lo que ha acabado por generar dos mundos paralelos y no confluyentes: el de la economía financiera y el de la economía real. La realidad resultante es que mientras en este mundo convulso la economía financiera se ha impulsado hasta cifras astronómicas, la economía real nunca recuperó la posibilidad de crecer al 5% que tuvo en algún momento.

En el entorno financiero, los bancos son los grandes actores. El inicialmente sencillo negocio bancario, esto es, retribuir los depósitos con un interés menor al que se prestan a terceros, se han ido haciendo progresivamente complejo según la competencia interbancaria se hacía más feroz y la regulación más intensa. Los bancos han ido estableciendo distintas estrategias de desarrollo entre las que destaca la apuesta por aumentar de volumen que inició el Banco de Santander y han seguido el resto de sus competidores, dentro y fuera de España. Ahora bien, nos recuerda nuestro ponente, si se apuesta por el volumen no puede apostarse simultáneamente por la calidad. De hecho, los servicios que ofrecen a sus clientes son indistinguibles entre un gran banco y otro.

También hay que tener en cuenta el enorme peso regulatorio que soportan los bancos y, en general, todo el mundo financiero. El resultado de cumplimentar una enorme carga normativa es que la operativa de los bancos se encarece extraordinariamente al punto de que bastantes de los servicios que prestan son en sí mismos deficitarios.

El resultado de todo el proceso es una presión adicional por generar ingresos que ha convertido a los bancos en plataformas transaccionales, es decir, en estructuras orientadas preferentemente a canalizar operaciones financieras y a vender productos estandarizados más que mantener una relación de asesoramiento estable con el cliente. Evidentemente, en un entorno de estas características, en el medio del negocio bancario no está el cliente sino el accionista. Es esta dinámica la que impulsa a los bancos a apostar por activos de riesgo que les genera beneficios muy altos, pero trasladando el riesgo a los clientes. La comercialización de productos complejos o inadecuados para el perfil de riesgo del cliente, como en su día fueron las conocidas “preferentes”, son consecuencia de exigentes ratios de crecimiento impuestos a los directivos, combinados con generosos bonus que beneficiaban al banco y a sus directivos, pero no al cliente como conoce bien el director de sucursal que es quien recibe las quejas del cliente airado.

La presión por aumentar los ingresos se complementa con una dinámica de reducción de costes con la aplicación masiva, por ejemplo, de la inteligencia artificial o redoblando la dinámica de aumentar volumen para concentrar costes operativos y así reducirlos.

En términos generales, todo el conjunto del sector financiero sufre los mismos problemas. El primero de los cuales es la escasez de talento. La clave de toda entidad financiera, grande o pequeña es su equipo humano. Tanto es así que la experiencia de cliente dependerá mucho más del profesional concreto que le haya atendido que de la entidad a la que ese profesional pertenezca.

Pues bien, nos insiste Álvaro Vitorero, en un momento en el que la IA puede amortizar un sinnúmero de puestos de trabajo en el sector bancario, existe una carencia de capital humano joven muy notable.

Otro problema también común a todo el sector financiero ya se ha mencionado: es el regulador. Nuestro ponente no pone en duda que la actividad financiera, como en realidad cualquier otra, tiene que estar sometida a una regulación. El problema no es, pues, tanto la regulación como el exceso de esta; un mal, por cierto, endémico al entorno europeo. Mucha de esta regulación no solo supone una carga administrativa excepcional para cualquier entidad bancaria que, como hemos visto, encarece su gestión, sino que en más ocasiones que las deseadas se introduce en la espera personal de los clientes hasta límites escandalosos como sucede con la normativa derivada de la prevención del blanqueo de capitales. Cosa distinta, nos dice Álvaro Vitorero, son las auditorías que, cierto, resultan engorrosas en el momento en el que se llevan a cabo, pero cuya cumplimentación garantiza la buena marcha de la entidad y contribuyen a una mejora de la propia empresa auditada.

En definitiva, concluye nuestro ponente, debiéramos prestar una mayor atención a nuestra economía personal o familiar, examinar con espíritu crítico la relación que mantenemos con nuestro banco habitual e intentar entender mejor el funcionamiento del sistema financiero. Solo así podremos gestionar de forma más consistente nuestro patrimonio presente y también el de las generaciones futuras.

Álvaro Vitorero es un experto con más de tres décadas de experiencia en los mercados financieros. Ha prestado sus servicios tanto en la banca internacional como en la nacional. Actualmente es consejero ejecutivo de Acacia Inversión.