
Excursión por la ría de Bilbao. (15 Octubre 2026)
Justo el día anterior de que entrara una de las primeras borrascas de otoño, a los pocos diletantes que nos apuntamos a excursión por la ría nos salió una mañana espectacular: luminosa, clara, sin una nube y con una temperatura ideal.
Partimos del embarcadero de la Plaza de Pío Baroja, enfrente del Ayuntamiento, hacia las 10,15. Fuimos recorriendo toda la ría, ni rápido, ni despacio, hasta la primera parada que hizo el gasolino en Portugalete. Al poco, reanudó la marcha para dar la vuelta a la bocana del Nervión y acercarse a Santurce donde volvió a detenerse unos minutos. Allí mismo aprovecharon algunos diletantes para interrogar a un joven holandés que se disponía a cruzar el Atlántico con su velero que estaba atracado al lado. Desde allí atravesamos la bahía para desembarcar finalmente en el muelle de Arriluce, ya en Getxo. Serían como las 11, 45, más o menos.

Tras tomarnos un café, nos dirigimos a Punta Begoña para una visita que, con su proverbial eficacia, había gestionado nuestra compañera María Jesús Cava. Nos estaba esperando la directora de la Fundación Punta Begoña, María Peraita a la que se unió momentos más tarde Gonzalo Arroita, el arquitecto especialista en recuperación del patrimonio cultural que asesora a la fundación. Los dos especialistas nos enseñaron las galerías que diseñó Ricardo Bastida de arriba a abajo. Fue una explicación amena, detallada y, sobre todo, generosa tanto por el tiempo que dedicaron a la misma como por la dedicación y la pasión con la que se emplearon para enseñarnos los pormenores de la estructura de Bastida y también la decisión y el poderío de quien la encargó, el industrial Horacio Echevarrieta. Una obra magnífica y un proyecto de recuperación fascinante.
Terminada la visita casi una hora y media después, nos dirigimos a comer allí cerca, al restaurante Tamarises donde Jon Ortuzar había tenido la amabilidad de reservarnos una mesa para los diez que nos sentamos a comer. Como Jon hace las cosas bien, la mesa estaba mirando al mar.

Terminada la comida, justo cuando salíamos al paseo, tuvimos el último regalo del día cuando encima mismo de nosotros un espléndido guacamayo nos sobrevolaba tratando de escapar de dos gaviotas que pretendían echarlo de sus dominios.
Un día precioso.
