
La generación 15M. Con Ignacio Urquizu (17 Septiembre 2026)
El ponente Ignacio Urquizu es un turolense de origen vasco que conoce bien el País, no solo por ser la tierra de sus mayores, sino porque él mismo estudió en la UPV durante unos años, 1996-97, en los que se involucró intensamente en los movimientos de la época.
La exposición del invitado del Foro parte de un presupuesto que conviene tener presente: considerar el denominado movimiento “15 M”, tan visualizado en aquella acampada de la Puerta del Sol de Madrid alrededor del 15 de mayo de 2011, como el mayor movimiento social que ha experimentado España desde la Transición.
Su ponencia es un adelanto de un libro de próxima aparición. Aunque llevará el título de “Generación 15M”, no se refiere al conjunto de personas que participaron en aquel movimiento, sino a quienes crecieron en el periodo histórico posterior, cuando todo había cambiado. Urquizu se refiere a una generación que en 2011 era todavía muy joven y que se ha socializado en un entorno marcado por la gran crisis económica, las mociones de censura exitosas, los primeros gobiernos de coalición de la democracia española, la pandemia y los cambios profundos del contexto internacional. Se trata de los jóvenes que ahora tienen entre 18 y 35 años.
Una cohorte socializada en un contexto tan diferente al de las generaciones anteriores está dando también respuestas diferentes en lo político, lo cultural y hasta lo religioso.
La diferencia resulta particularmente ilustrativa cuando se compara esta generación con la que protagonizó el 15 M. Según Urquizu, aquella generación mostró un descontento fundamentalmente político. Jóvenes mayoritariamente de izquierdas entendían que los representantes políticos, con un Gobierno entonces en manos del PSOE, no estaban desarrollando las políticas para las que habían sido votados. De ahí su lema: “no nos representan”. Era, pues, una crisis de representación política.
Pero en 2011 el malestar no era solamente juvenil. El conjunto de la sociedad española mostraba una notable insatisfacción con el funcionamiento de la democracia. Las encuestas de la época reflejaban, por ejemplo, que un 57% de la población consideraba que, sin partidos políticos, la democracia funcionaría mejor. Un porcentaje relevante pensaba incluso que funcionaría mejor si los ciudadanos pudieran elegir a sus representantes a través de plataformas sociales. Se hablaba entonces de una crisis de intermediación.
Las nuevas tecnologías estaban haciendo posible el acceso directo de los ciudadanos a servicios y centros de decisión que tradicionalmente habían requerido intermediarios, desde los servicios bancarios hasta los medios de comunicación. El fenómeno alcanzaba también a los partidos políticos, en la medida en que las redes sociales permitían a los ciudadanos entrar directamente en contacto con los líderes sin pasar por las estructuras locales de los partidos.
El revulsivo que supuso el 15 M dio paso, pues, a una sociedad muy distinta, en la que han crecido y se han socializado los jóvenes de 18 a 35 años que estudia Urquizu.
Como sociólogo, el ponente va infiriendo las características de esta cohorte a través de las encuestas. Las respuestas no proporcionan tanto datos numéricamente exactos como indicadores de tendencias que permiten identificar hacia dónde se dirige una sociedad o una determinada cohorte social.
A la hora de conocer qué se espera de una democracia, las respuestas pueden ir desde lo político a lo económico. La generación del 15 M esperaba de la democracia, fundamentalmente, representación. Otras generaciones pueden esperar de ella mayor bienestar. Son aspiraciones distintas y una democracia puede satisfacer unas, otras, ambas o ninguna.
Para determinar qué tipo de respuesta ofrece la actual generación, Urquizu recurre a distintas preguntas. Una de ellas, formulada en 2025, planteaba a la ciudadanía española si consideraba que la democracia debía evitar las desigualdades. La mayoría respondió afirmativamente, aunque entre los jóvenes la proporción era menor. Lo mismo sucedía al preguntar por la preocupación por las desigualdades: también les preocupaban, pero cinco puntos menos que al conjunto de la población.
Los jóvenes empiezan así a mostrar una demanda de la democracia más fundada en lo material, en el bienestar que debe proporcionarles, y más centrada en el bienestar propio que en el de los demás. Mientras la mayoría de la sociedad considera que la democracia favorece un reparto equitativo de la riqueza, los jóvenes creen en mayor medida lo contrario. En definitiva, concluye Urquizu, son más críticos con la democracia no tanto por las desigualdades de los demás como porque el sistema no les proporciona los resultados y las soluciones que esperan.

Otros datos van completando este retrato. En las encuestas del CIS de 2025 se preguntaba por la consideración social del franquismo. Un 65% del conjunto de la población tenía una consideración negativa, proporción que ascendía al 78% entre los jóvenes. Los jóvenes no son, pues, franquistas; de hecho, lo son en menor proporción que el resto de la sociedad.
Ahora bien, cuando se pregunta si un Gobierno autoritario puede ser mejor o funcionar más eficazmente que una democracia, aunque la mayoría responde que no, como sucede en el conjunto de la sociedad, la proporción de jóvenes que considera que sí es entre un 15 y un 20% mayor.
De este conjunto de respuestas Urquizu deduce que los jóvenes no son franquistas, pero que no les gusta lo que la democracia está produciendo. Tienen un mayor nivel de exigencia respecto a lo que el sistema democrático debe proporcionarles y, por tanto, una mayor insatisfacción con sus resultados concretos. Al ser también más pragmáticos, les cuesta menos plantearse que una alternativa autoritaria pudiera funcionar mejor y proporcionarles aquello que demandan. No son autoritarios, insiste el ponente, pero sí lo son en una proporción mayor que el conjunto de la sociedad.
Se dibuja así una generación con una mayor exigencia hacia la democracia, más centrada en el bienestar que en la representación y con una visión más pragmática que les abre a opciones menos democráticas. A ello se añade una vinculación emocional con la democracia mucho más liviana que la de otras generaciones. A los jóvenes de hoy les queda lejos el enorme esfuerzo colectivo que supuso enterrar una dictadura de 40 años y alumbrar una democracia homologable mediante un proceso ordenado y pacífico. Sin esa vinculación emocional con algo que costó tanto conseguir a generaciones anteriores, su relación con la democracia es menor y también lo es su tolerancia con ella. Su visión es más severa, exigente y, sobre todo, pragmática: ¿ofrece o no ofrece lo que debe producir un sistema político para la ciudadanía?
En este mismo orden de ideas resulta ilustrativa la respuesta a la pregunta de si pagarían mayores impuestos por recibir mejores servicios públicos. Mientras en 2017 la mayoría de la sociedad estaba dispuesta a hacerlo, actualmente los jóvenes se dividen prácticamente por mitades. Una parte relevante no estaría dispuesta a pagar más impuestos ni siquiera a cambio de mejores servicios.
Lo que subyace, según Urquizu, es una consideración negativa del propio Estado y de su funcionamiento. El 75% de la población española considera actualmente que el Estado no funciona correctamente; entre los jóvenes la proporción alcanza el 84%. Y mientras entre los mayores de 35 años solo un 10% se muestra contrario a una mayor actuación del Gobierno, entre los jóvenes la proporción alcanza el 40%.
Nos encontramos, por tanto, con una juventud muy decepcionada con el funcionamiento material de la democracia. Por esa razón empieza a aumentar un cierto sentimiento antisistema, aunque con una peculiaridad: probablemente influido por los ocho años de Gobierno de coalición, una eternidad en el cómputo juvenil del tiempo, ese sistema es percibido como de izquierda y, por tanto, las actitudes antisistema lo son también anti izquierda.
Aquí aparece con claridad la diferencia respecto a la generación del 15 M. Aquellos jóvenes de izquierdas denunciaban, como se ha dicho, que el Estado no estaba haciendo aquello para lo que había sido elegido: “no nos representan”. Los jóvenes actuales muestran también descontento, pero no tanto por la representatividad de los poderes públicos como porque estos no les proporcionan los servicios que consideran que deberían facilitarles. Quieren menos impuestos, pero también menos Estado. Son, en este sentido, liberales, aunque no tanto en el sentido clásico como en el concepto del liberalismo actual norteamericano, más libertario que liberal, que propugna un adelgazamiento radical del Estado, de sus servicios y de sus impuestos.

Como conclusión de este conjunto de características, Urquizu sostiene que España cuenta ahora con la generación joven más conservadora de su historia.
Esta peculiaridad aparece también en las encuestas del CIS sobre filiación política. Hace veinte años España se declaraba mayoritariamente socialdemócrata. A partir de 2015 empiezan a preponderar las opciones más conservadoras y actualmente la mayoría se declara liberal, seguida de quienes se identifican como socialdemócratas, socialistas, etc. Los jóvenes, desde hace ya años, se declaran mayoritariamente liberales, mientras que quienes se auto titulan socialdemócratas ocupan entre ellos, no el segundo, sino el cuarto lugar.
El proceso se observa también en la clasificación que realiza el CIS a partir de una escala de diez categorías ideológicas. En la España actual la izquierda ha descendido 15 puntos, mientras aumentan tanto la extrema izquierda, hasta alrededor del 20%, como la extrema derecha, hasta aproximadamente el 10%. El grupo que ha disminuido extraordinariamente es el de quienes no tienen ideología. El retrato apunta, por tanto, hacia una creciente polarización.
Entre los jóvenes, si hace unas décadas la mitad se declaraba de izquierdas, ahora solo lo hace un 30%, veinte puntos menos. La extrema izquierda ronda también el 20% y la extrema derecha el 10%. Los extremos tienen, pues, proporciones similares a las del conjunto de la población, pero el conjunto de los jóvenes es más conservador y menos de izquierdas.
En este punto Urquizu introduce una variable que cambia el panorama: la diferencia entre chicos y chicas. Mientras considerados conjuntamente ofrecen un resultado no demasiado distinto al del conjunto de la sociedad, separados por sexo el panorama cambia considerablemente.
Los chicos son netamente conservadores mientras las chicas son netamente de izquierdas. Ambos manifiestan ser feministas, pero el 50% de los chicos considera que el feminismo ha llegado demasiado lejos. La tendencia, además, apunta a que aumenta el número de chicas que se consideran más feministas mientras disminuye el de chicos que se declaran así. Aparece de este modo otro factor de polarización. De hecho, la diferencia de opción política entre chicos y chicas alcanza una dimensión que, según Urquizu, no se había visto nunca.
Las peculiaridades de esta generación alcanzan también al factor religioso, con una emergencia notable del catolicismo. En el conjunto de la sociedad española el catolicismo ha mantenido una acusada tendencia descendente, y también entre los jóvenes había descendido hasta cuotas de religiosidad de aproximadamente el 30%. Sin embargo, a partir de 2023 sube 14 puntos.
Una posible explicación del fenómeno estaría, según Urquizu, en el uso de las nuevas tecnologías, que favorecen una interacción de carácter individual y pueden provocar una pérdida del sentido de comunidad y la creación de un vacío interior que el catolicismo estaría empezando a rellenar.
Tampoco descarta que las religiones, al proporcionar determinadas certezas, puedan aliviar las incertidumbres de los tiempos actuales.
Sean cuales sean las causas de este auge del catolicismo, se añade así otra peculiaridad de una generación que apunta hacia una sociedad diferente de la conocida hasta ahora: unos jóvenes más conservadores, más católicos y más polarizados, no solo entre los extremos de derecha e izquierda, sino también por una polarización mediatizada por el género.
Urquizu concluye señalando que estos cambios no son un producto súbito de los últimos años, sino que llevan tiempo manifestándose y han llegado para quedarse. Entre sus consecuencias apunta:
- Unos Parlamentos con partidos más extremos, como puede verse con Alianza Catalana en Cataluña, que a estos efectos es un territorio que considera un posible adelantado de lo que acabará ocurriendo en el resto del país.
- La permanencia de la polarización y la fragmentación política.
- Una creciente búsqueda de soluciones en otros campos, desde el político al religioso, como consecuencia de la insatisfacción con los resultados de la democracia.
En definitiva, estos cambios permanecerán porque así los sienten los jóvenes que se han socializado en un entorno político que no les ha dado las respuestas que esperaban.
Este panorama, desarrollado con más datos y detalle, será el que se refleje próximamente en el libro “La generación 15 M”.
Ignacio Urquizu es sociólogo, profesor universitario, ensayista y político. Ha sido diputado en el Congreso y senador por Teruel, así como alcalde de Alcañiz. Actualmente es profesor titular de Sociología en la Complutense y CEO de Demoscopia.

