Más bien al final de su intervención, nuestro ponente, el catedrático Juan José Iruin, se definió a sí mismo como un activista contra la quimiofobia. Con tal objeto, publica desde hace ya un tiempo un denominado “Blog del Búho” que registra miles de visitas mensuales y en los que nuestro ponente argumenta y apoya en datos y evidencias científicas los distintos temas de carácter químico que van apareciendo en el debate público. Uno de esos temas más recurrentes ha sido el que es objeto de su ponencia: los microplásticos de los que a lo largo de su charla nos comentará, como dice el título de su ponencia. las certezas, las incertidumbres, y el alarmismo que suele rodear las noticias relacionadas.

A todo ello contribuye la relativa juventud, casi infancia, de la producción científica sobre la materia, aunque en los últimos 10 años se vaya acumulando ya una evidencia científica de cierta entidad.

Los microplásticos empiezan a ser objeto de interés tan recientemente como en 2004 cuando la prestigiosa revista Science publicó un artículo sobre los mismos. Por microplásticos se entiende hoy en día las partículas sólidas de plástico de entre una micra y 5 mm, difícilmente perceptibles a simple vista y que se producen por la fragmentación de plásticos de mayor tamaño. En un proceso de descomposición continuada, los microplásticos siguen fragmentándose en unidades menores a una micra: los denominados nano plásticos.

El origen de estos microplásticos es muy variado y pueden provenir de la fragmentación de unidades mayores por la acción del oxígeno del aire y los rayos ultravioleta. También provienen, entre otros muchos orígenes, de la fragmentación mecánica de las fibras de la ropa en las lavadoras, del deterioro de los neumáticos o de las partículas abrasivas que se usan en las pastas dentífricas o en cremas cosméticas. También tiene su origen en los conocidos pellets que es la materia prima que los fabricantes de plásticos facilitan a las empresas que elaboran productos de plástico.

Sobre esta base, Juan José Iruin fue planteando distintas interrogantes. La primera fue la de determinar cuánto plástico hay en el mar.

La producción mundial de plásticos es enorme: si en 2004 se producían 200 millones de toneladas de plástico anuales. Hoy esa cantidad se ha doblado y a la misma hay que añadir 113 millones de toneladas de fibras sintéticas que sobrepasan ya a las derivadas del algodón.

La proporción de esa enorme producción de plásticos que acaba en el mar es bastante pequeña. En acusado contraste con esta realidad, en encuestas que se hicieron entre 1000 personas del Norte de Europa conocedoras del concepto de desarrollo sostenible, más del 86% creía que la mayoría de esos desechos plásticos acababan en el mar. Solo un 14% de los encuestados se acercan a la realidad cuando señalaron que son menos del 6% de los residuos plásticos los que acaban en los océanos.

Pero es que cuanto más se sabe, se observa que esa proporción va decreciendo. En efecto, si se compara, como hizo un informe de la OCDE de 2022, los millones de toneladas que se han vertido al mar, unos 30 o 40 millones, con los 10.000 millones de toneladas de plásticos que se han puesto sobre la faz de la tierra desde 1950, resulta que el mar contiene el 0,3% del total. Si se utilizan, no datos acumulados, sino mediciones de un solo año, como la que hizo la OCDE en 2019, de los 353 millones de toneladas producidas ese año, se observa que el 73% se gestiona adecuadamente y del resto, 82 millones, fueron a parar al aire, a la tierra, etc. pero sólo 17 millones de toneladas acabaron finalmente en el mar: un 0,5% bastante coincidente con la estimación de datos acumulados.

Esa transferencia de los plásticos al mar se produce mayormente en países asiáticos con mucha línea de costa y mala gestión de residuos. EL caso paradigmático es Filipinas.

Todos esos millones de toneladas de plásticos son captados por las corrientes marinas en grandes giros, también denominados parches o islas de las que hay seis en todos los océanos del mundo, los dos más grandes y muy cercanos entre sí en el Pacífico Norte. Alguno de estos giros tiene la superficie de cuatro veces Francia y algunas fotografías tomadas en bahías cerradas, como la de Manila por ejemplo después de un tifón, nos las han mostrado como si fueran esas islas de plástico. La impresión es que se pudiera caminar por encima de ellas cuando en realidad la National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA) norteamericana, que sigue de cerca el desarrollo de estas islas, nos dice que la mayor parte de estas están compuestas por pequeñas piezas de plástico indistinguibles a simple vista, esto es, Microplásticos.

Durante todos estos años se han producido varios intentos por cuantificar la cantidad de residuos plásticos que contiene los océanos. La expedición española Malaespina, recorrió todos los océanos del mundo buscando evidencia del contenido de estos residuos plásticos en su superficie y determinó que solo había entre 7000 y 35.000 toneladas de estos: menos del 1% de lo que se creía que había. Inmediatamente se argumentó que podían estar sumergidos, aunque el argumento no tiene mucho peso si consideramos que la menor densidad de los plásticos respecto al agua de mar los hace flotar. Tampoco parece tener mucha entidad el argumento de que cambios originados por la luz o el oxígeno les haga ganar densidad, ni que se adhieran a otros microorganismos en cantidades sustanciales. Estudios de 2019 ya determinaron que a más de 200 metros de profundidad solo se encuentran los plásticos más densos.

Todo parece indicar que, más que los océanos propiamente dichos, los grandes sumideros de los microplásticos son las costas, particularmente las postplayas donde las olas y las corrientes van llevando las partículas. Y que los más pequeñas, en virtud de las corrientes e independientemente de su densidad, se distribuyen en la columna de agua que va de la superficie al fondo.

También una variedad de los microplásticos, las microfibras, han llamado la atención de la prensa. Como es el caso de un artículo publicado en 2011 que defendía que la mayor parte de las microfibras, son producto de la labor de cizalla que hacen las lavadoras sobre la ropa. Se suponía también que la mayor parte de esas microfibras encontradas en los océanos eran sintéticas, es decir, plástico. La tesis se tambaleó pronto cuando pudo acreditarse que la mayor parte de las microfibras proceden del simple hecho de ponerse o quitarse la ropa y, claro está, de sacudirla. Para hacernos una idea de las dimensiones, se calcula que en los tejados de Gran París se depositan anualmente entre 3 y 12 toneladas de microplásticos de los cuales el 90% son fibras.

Ahora bien, estudios tan recientes como de 2022 y 2023 analizaban las microfibras que existen en el aire y en medios acuosos para llegar a la conclusión de que la mayoría son de origen celulósico, o animal y solo una pequeña proporción son fibras sintéticas.

Estas microfibras que flotan en el aire se precipitan al suelo por la lluvia, se arrastran a los ríos por las escorrentías y de los ríos llegan al mar. ¿Cuantas de estas fibras sintéticas hay en el mar?, nos plantea nuestro ponente. De nuevo estudios recientes determinan también que el 80% son celulósicas, el 12% son de origen animal y solo el 8% son sintéticas.  Para entender estas proporciones hay que tener en cuenta que, a pesar de la enorme cantidad de fibras sintéticas que se fabrican en todo el mundo desde los años 50, la Humanidad lleva siglos usando fibras celulósicas o animales que siguen siendo las más abundantes tanto en el aire como en el mar.

Analizado el monto de microplásticos y también de microfibras que pueden albergar los océanos del mundo, nuestro ponente pasó a explicar otro fenómeno que ha atraído la atención de la prensa, casi siempre en términos alarmistas. Se trata de la presencia de microplásticos en los animales que pueblan el mar y, claro está, también en el cuerpo humano. Estas noticias abarcan distintos aspectos:

Para empezar, las referidas a los animales marinos se han apoyado en impactantes imágenes de animales enredados en redes o con el cuerpo o los estómagos llenos de plásticos. Los distintos estudios que han venido haciéndose han documentado los animales en los que se han encontrado restos de plásticos en sus organismos. A la cabeza de estas listas siempre aparecen las tortugas en las que los residuos plásticos aparecen en el 100% de las especies.

Siendo estos datos ciertos, hay que precisar dos cosas: basta con que un solo animal tenga partículas de plástico en su organismo para que toda la especie se clasifique como afectada lo que evidentemente no quiere decir que todos sus individuos los contengan. Es ilustrativo que, por ejemplo, de una variedad de tortuga, la tortuga plana de Australia, solo se han analizado dos ejemplares en todo el mundo: uno tenía residuos de plástico y el otro no, pero toda la especie queda catalogada como contaminada.

Si lo que preguntamos es la cantidad promedio de partículas de plástico que se encuentra en cada animal, vemos que esa cantidad oscila entre dos y 3 partículas por ejemplar. Evidentemente, nada que ver con lo que transmitían aquellas fotografías. Estas alarmas periodísticas se reproducen de vez en cuando, por ejemplo, recientemente, el Diario Vasco habló de “anchoas llenas de plástico”. El caso es que las anchoas examinadas presentaban entre 0 y 2 microfibras y éstas inferiores a la micra.

Los efectos que estas partículas de plástico puedan tener sobre los animales que las ingieren también es dudoso. En 2025, nos dice el Dr. Iruin, se hicieron 25.000 necropsias entre diversos animales marinos. El 35% de las aves, el 12% de los mamíferos y el 34% de las tortugas contenían plástico en su tracto gastrointestinal. Pero solo en el 1,6 % de las aves, el 0,7 % de los mamíferos y el 4,4% las tortugas había certeza que habían muerto por atrapamiento o por ingesta de plásticos.

A su vez, prosiguió sistemáticamente nuestro ponente, el estudio de los efectos específicos de los microplásticos en los animales se hace en el laboratorio y es claro que su efecto es dañino. Ahora bien, las condiciones que se recrean en los laboratorios están muy lejos de lo que se da en el medio natural por lo que hay que ser cautos para generalizar sus conclusiones. Juan José Iruin, considera que para que la ingesta de plásticos sea dañina para la salud de los animales dicha ingesta tendría que ser órdenes de magnitud más grande que las concentraciones que estamos observando en los océanos.

El siguiente ámbito que nuestro ponente trató se centraba en el impacto de los microplásticos en la salud humana.

La cuestión empezó a preocupar cuando se cayó en cuenta de que estos microplásticos podían introducirse en el organismo humano por tres vías: ingestión de peces, moluscos, agua embotellada en plástico, etc.; por inhalación o por contacto. Un artículo promovido por el World Wild Fund llegó a afirmar, con la consiguiente repercusión mediática que ingeríamos el equivalente a una tarjeta de crédito a la semana. Faltó tiempo para que alguna influencer corrigiera la cifra para asegurar que ingeríamos una tarjeta de crédito, ¡al día! Informes de la OMS en 2022 o de la de la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria en 2025, han desmentido la noticia, haciendo evidente que los resultados obtenidos lo habían sido por procedimientos metodológicos y condiciones de ensayo muy deficientes.

En 2022 se publicó otro artículo que anunciaba el hallazgo de microplásticos en la sangre. Hasta entonces se creía que los microplásticos se mantenían en el tracto digestivo. Sin embargo, si se verificaba que podía pasar al torrente sanguíneo, desde ahí podían alcanzar cualquier órgano del cuerpo, incluido el cerebro que, en nuestro cerebro, podía encontrase microplásticos suficientes para conformar la típica cucharilla de plástico. La propia editorial que publicó el artículo tuvo que matizarlo severamente. Sin embargo, el temor estaba ya estaba lanzado.

En esta vocación desmitificadora que caracteriza a Juan José Iruin, nos comentaba que de este tipo de partículas que se hallan en nuestro cuerpo sabemos bastante a través de los métodos de dosificación controlada de medicamentos, que emplean partículas de ese tamaño. Y lo que sabemos son algunos factores que desactivan la alarma. A saber: sabemos que las microplásticos de más de 2,5 micras se evacúan por las heces. Las de menos de esa medida sí pueden pasar al torrente sanguíneo. En el caso de las partículas que inhalamos, las de menos de una micra también pueden traspasar los alvéolos pulmonares e incorporarse a la sangre. El resto las eliminamos por la expectoración o las heces. Pero una vez en la sangre, el organismo humano también tiene sus métodos de defensa: algunos de estos microplásticos y nano plásticos de tamaño infinitesimal pero todavía de cierta entidad, se eliminan por la orina y las que no, todavía tiene que pasar la barrera del hígado y el bazo. Y, finalmente, sí, algunas de estas micropartículas se incorporan a la sangre y pueden depositarse en cualquier órgano.

Pero con todo, los resultados son muy discutibles. Para empezar, nos hemos dado cuenta de su persistencia porque tenemos tecnología para identificarlos, no porque hayamos desarrollado enfermedades que no sepamos explicar. Hemos visto, así mismo, que en los ensayos de laboratorio que se han efectuado, algunos lípidos dan los mismos perfiles analíticos que los microplásticos, por lo que no se sabe bien qué es lo que se está identificando. Como conclusión, nos dice el ponente, es posible que tengamos microplásticos en el cerebro y en otros órganos, pero no sabemos sus efectos.

Cuando nos enfrentamos a esta problemática o a otras, nos recuerda Juan José Iruin, hay que distinguir bien entre el peligro, esto es, la posibilidad de que algo nos haga daño, y los microplásticos pueden hacernos daño, del riesgo que es la probabilidad de que ese peligro se materialice en un daño concreto y aquí, con lo que ahora sabemos, esa probabilidad es muy baja en el caso de los microplásticos.

Las distintas pruebas de laboratorio que se hacen y desde las que salen artículos que agitan al sector y a la prensa siempre alerta, hay que tratarlas con cuidado porque reproducen condiciones que rara vez se dan en la vida real. Lo mismo ocurre, por ejemplo, con el amianto cuyo daño en el organismo humano es indiscutible pero que se produce en personas que han estado sometidas a entornos muy tóxicos durante muchísimo tiempo. Por esa razón, para determinar la entidad del riesgo de cualquier sustancia se utilizan dos parámetros: la exposición diaria a una sustancia tóxica y, dos, la llamada ingesta admisible diaria que deviene en peligro para un organismo de una vida media de 70 años. Ninguna de las dos magnitudes se ha podido determinar por ahora respecto a los microplásticos.

De lo anterior tampoco puede deducirse que la exposición a microplásticos sea segura. Por eso, el Convenio de Basilea está tratando de restringir una práctica dudosa cual era la exportación de plásticos peligrosos desde Occidente a otros países para su reciclaje, desde luego, reciclaje teórico

La restricción de esta exportación junto a las acciones que está tomando el gobierno chino, está acotando mucho el problema.

Mucho más escéptico era nuestro ponente con la estrategia europea para plásticos dentro de los proyectos de promoción de la economía circular. En el momento presente, se están cerrando plantas de reciclaje en Europa mientras se importan plásticos reciclados de China. A su vez, se observa que la denostada incineración está siendo cada vez más utilizada en los países más ricos y más teóricamente concienciados como son los nórdicos, aprovechando, además, que los plásticos son un excelente combustible.

Tampoco las negociaciones que se están desarrollando en la ONU sobre un tratado relativo a plásticos perecen que vayan a conseguir, en opinión de nuestro ponente, un acuerdo a corto plazo.

Juan José Iruin concluye su intervención animándonos a seguir su Blog del de Búho si queremos contrastar con evidencia científica las noticias generalmente alarmantes que sobre los plásticos y otras substancias químicas publican de vez en cuando los medios de comunicación. 

Juan José Iruin ha sido catedrático de Química Física en la UPV/EHU hasta su jubilación. Fue cofundador y subdirector del Instituto de Mariales Polímeros entre 1999 y 2013. Ha presidido el Grupo Especializado de Polímeros de la Real Sociedad Española de Química, además de autor de cientos de artículos y de dos libros de texto de referencia sobre los polímeros.