El historiador Felipe Vidales nos enfrenta a una mirada abierta al islam que nos ayuda a superar el hálito de fundamentalismo religioso que lo envuelve en la actualidad. Eso es, nos dice el ponente, solo una parte de un fenómeno histórico en el que hay que distinguir entre este islam actual y lo que durante 15 siglos han sido dos cosas diferentes: la religión islámica de un lado y, de otro lado, la cultura islámica, mucho más amplia.

Entender cabalmente lo que el ponente plantea al Foro presupone entender la Historia, no como una sucesión de hitos, muchas veces desapercibidos para quienes los viven, sino como un fluir continuo en el que las sociedades van transformándose de una cosa a otra. Entendido así, como un fluir constante, debemos tener en cuenta que el islam surge con Mahoma, sí, pero en un momento, en unas circunstancias y hasta con unos contenidos de los que desconocemos casi todo. Sabemos, sin embargo, que se extiende pronto por un entorno profundamente helenizado en el que empieza a convivir con las dos religiones entonces preponderantes, el judaísmo y el cristianismo, que comparten origen y relato. También lo hará con otra multitud de variantes, herejías dirán algunos, dentro de las que se incardina esa nueva variante que es la formulada por Mahoma. Lo hará, no obstante, desde el profundo respeto hacia lo que denomina “religiones del Libro”. Nos consta también que cuando este credo incipiente se extiende por un territorio tan helenizado se permea de la cultura clásica como puede apreciarse, por ejemplo, en los restos del califato de Damasco llenos de frisos e imágenes, algunas con mujeres desnudas incluidas, tan grecolatinas. Hay que esperar más de 200 años y a la constitución del califato en Bagdad, territorio persa, no arábico, para que se conformen grupos de trabajo que van a formular el Corán que conocemos y, con el mismo, los fundamentos canónicos de la religión musulmana. Hasta entonces lo que conocemos es muy, muy poco.

Lo que sí sabemos, sin embargo, es que el islam, más como cultura que como religión, se ha ido propagando a través del comercio por las ciudades costeras del Mediterráneo. El islam no es, pues, una doctrina de camelleros surgida de los desiertos de Arabia. Al contrario, es más un fenómeno urbano que se extiende por ciudades de profunda tradición grecolatina que, en ese fluir de la Historia que propone Felipe Vidales, van entremezclando el legado helenístico en la filosofía, la física o la astronomía con el saber hidráulico, culinario o, ese hallazgo tan trascendental para el devenir de la Humanidad que es la numeración islámica con el prodigioso 0, cero, incluido. Así pues, el islam surge, se extiende y de alguna forma se integra en un entorno que recientemente se ha denominado la Antigüedad tardía. Es más, muchos de los contenidos de esa Antigüedad son salvados y nos llegarán a través de fuentes islámicas.

Esta extensión del islam por el Mediterráneo también llega a la península ibérica, pero, seguramente, más de una forma paulatina desde el siglo VII, que, a través de una invasión en una fecha concreta, el 711, con una batalla mítica, Guadalete, de la que no queda ni una sola huella. Todavía bajo el califato Omeya de Damasco, tan profundamente bizantino, es difícil imaginar mandato de conquista alguna. Lo que sí parece es que una llegada más intensa de gentes islamizadas, probablemente, más por Levante que por el Estrecho, provoca el colapso del reino visigodo. Los recién llegados se extienden con facilidad y rapidez a base de capitulaciones con las distintas ciudades respetando a quienes querían conservar su religión, cristianos y judíos, ambas religiones del Libro. De nuevo, concebir la Historia como un fluir explica este tranquilo tránsito de la península ibérica hacia una islamización, insiste el ponente, más cultural que religiosa y que explica la coexistencia con judíos y con esos hispanos, más o menos islamizados pero que mantienen la religión cristiana: los mozárabes.

El desorden inicial termina a mediados del siglo VIII con Abderramán I, un Omeya. La presencia de la cultura islámica se extiende y Córdoba se erige como capital del nuevo orden. Este mundo que se está consolidando en la península, nos dice Vidales, es una extensión del que ha venido propagándose por el Mediterráneo ensamblando un inmenso territorio que va desde Portugal hasta el Indo. La globalización no es, pues, de ahora. En ese gran entorno, ya para el siglo X, la península, con la excepción de la franja cantábrica y pirenaica, se ha islamizado casi en su totalidad, se ha transformado en Califato y Córdoba es la nueva Alejandría de la época.

Mientras tanto, al norte de los Pirineos, Europa espera aterrada el fin de los tiempos el año 1000. Es difícil imaginar un contraste mayor de una sociedad temerosa, hostigada por los vikingos, fanatizada en lo religioso, ruralizada en lo económico y aislada en lo cultural que era la Europa altomedieval con esta civilización islámica, no exclusivamente musulmana sino multirreligiosa, que ha ido empapando paulatinamente a los antiguos habitantes de la península en ese fluir, de nuevo, de la Historia. Pero, atención, nos dice Vidales, se trata de la población española, si puede hablarse en esos términos. No son extranjeros venidos de fuera. Son los mismos que ya estaban en la península que se han islamizado como antes se romanizaron.

Ahora bien, si no hay invasión propiamente dicha y si no hay conquista, no hay reconquista. Ese gran mito que ha construido España y la identidad española a la contra, es decir, como una recuperación, como una reconquista, de lo que había antes de la llegada del islam, es falso se mire desde donde se mire. Albacete, Cuenca, Guadalajara o el mismo Madrid son ciudades de creación islámica; no se reconquista lo que no existía; ni se reconquista Navarra, ni se reconquista el Norte de África cuando tras la caída de Granada se cruza el otro lado del mare Nostrum.

De la misma manera que ha habido un fluir, un tránsito, hacia lo islámico, empezará un fluir hacia lo cristiano según los reinos del Norte se expandan hacia el Sur, sobre todo, desde el colapso del Califato en 1031 y su fragmentación en una multitud de débiles reinos taifas. Serán algunos de estos reinos quienes, ante el creciente acoso cristiano, recurran a sus correligionarios del Norte de África, almorávides y almohades, quienes traerán consigo un fundamentalismo musulmán bastante alejado de la tradición andalusí. También, por su parte, desde el Norte europeo llega el integrismo cluniacense y las corrientes arquitectónicas que lo acompañan, primero el románico y después el gótico, ambas, estas sí que sí, profundamente extrañas a la península. Aunque el germen del antagonismo está sembrado, esta Hispania que va transitando entre lo islámico y lo cristiano, constituye todavía una amalgama que conforma una sola cultura, eso sí, mutirreligiosa. No se trata, pues, nos dice Felipe Vidales, de la convivencia de tres culturas, sino de una misma cultura con tres religiones. Manifestaciones de esa cultura común la encontramos por todas partes: desde la primorosa ermita de San Baudelio de Berlanga hasta la Iglesia de San Román en Toledo, ambas decoradas como mezquitas y que coexisten con la construcción de la catedral gótica de Toledo, mandada construir simultáneamente a la Iglesia de San Román en 1.121 por el navarro Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo. Pero es que la tumba del conquistador de Sevilla, Fernando III de Castilla, muerto en 1252, se decora con inscripciones en latín, hebreo, árabe y castellano como corresponde a un rey consciente y orgulloso de la diversidad de su reino. A más de 700 Km al Norte, estas inscripciones las encontramos también en el Monasterio de las Huelgas de Burgos.

Todavía 100 años después Mohamed V levanta la Alhambra en Granada, mientras Pedro el Cruel erige el Alcázar de Sevilla con los mismos patrones estéticos. Esos que el siglo XIX definirán el edificio granadino como arte islámico y el sevillano como arte mudéjar; perfectamente idénticos, sin embargo.

No obstante, la diferencia entre las religiones va profundizando en la separación entre cristianos e islámicos que han conformado esa cultura común y que tiene su culminación con la conquista de Granada en 1492. Es significativo que a la conquista le sigan, no la traducción de los documentos árabes como mandó hacer Alfonso X el Sabio en el siglo XIII, sino la quema de estos.

Aunque Isabel es enterrada inicialmente como una sultana, su nieto Carlos V, un flamenco, la trasladará al actual panteón real, inconfundiblemente cristiano. Con aquella cultura común crecientemente trufada de religión, lo que antes era compartido se va demonizando: desde lo culinario sembrando bulos respecto a la zanahoria, la berenjena o el aceite de oliva, hasta la persecución, la expulsión e incluso la esclavización de esos españoles que se han seguido manteniendo en la fe musulmana: los moriscos. La mayoría de la población, sin embargo, se fue paulatinamente cristianizando en el mismo fluir histórico que previamente los llevó a islamizarse. Este fenómeno de separación radical entre lo cristiano y lo islámico en España se profundiza y a partir del siglo XIX y XX se ve favorecido por dos factores: uno, la conformación de Europa como modelo de modernización de España que nos empuja a incardinarnos en la cultura del norte de Europa enganchándonos, por ejemplo, a la tradición que va del románico, al gótico, al renacimiento o al barroco y tachando de extranjeras las manifestaciones del arte islámico en España.

El otro factor más actual de separación radical con lo islámico deriva de la transformación que el islam experimenta a raíz de la prohibición de extensión de la imprenta, la ausencia de Ilustración o la intensa colonización europea que destruye sus rutas comerciales y, en consecuencia, la hilazón última de ese mundo. La reacción ha sido la irrupción de un fundamentalismo religioso extremo que nos resulta tan antipático hoy en día. Pero esa deriva integrista del islam es también parte del fluir de la Historia; una Historia, nos recuerda Vidales, que también ha sido la de ese islam tan prodigioso en su época, más cultural que religioso y que se ha mostrado tolerante y abierto al comercio, al desarrollo tecnológico y científico, así como a la belleza y a la cultura. Y nosotros en España hemos sido parte de esa cultura y mantenemos todavía hoy una buena parte de esta.

El historiador Dr Felipe Vidales, además de su faceta académica y docente en la Universidad Complutense de Madrid, desarrolla una intensa actividad divulgativa cultural y científica alrededor de su Toledo natal