Todo empezó un día que volvíamos, mi mujer y yo, a casa y nos encontramos a nuestros tres hijos viendo por iniciativa propia “Los siete samurais” de Akira Kurosawa. A mi mujer se le cortó el habla viendo como sus hijos estaban fascinados y atrapados por una película que mostraba una cultura lejana y tradicional y maldiciendo por lo bajines el no tener una hija que compartiera sus sentimientos y sus gustos. Pero quedaban claras las preferencias de nuestros hijos.

Con este planteamiento, no es de extrañar que a ella no le hiciera ninguna gracia el abordar un viaje como éste, pero, en un momento de debilidad suya, le habíamos prometido a nuestro hijo pequeño, el más influenciado de los tres por esa cultura, que cuando aprobara el BAC francés le llevábamos de viaje al país del sol naciente. Y ésto se ha cumplido éste verano y naturalmente el hijo mayor se ha apuntado. El mediano ha tenido que dejarlo para otra ocasión por una cuestión de estudios.

Hemos preparado el viaje informándonos por todos los medios, leyendo todo lo que caía en nuestras manos sobre ese país y hablando con conocidos que lo habían visitado. La opinión que nos habían transmitido es la de un país fascinante, pero que los japoneses son muy complicados y poco amistosos con los visitantes, además de que son muy pocos los que hablan inglés, por lo que no es conveniente el viajar a tu aire, sin el respaldo de una organización.

Por ello decidimos hacer el viaje en un grupo con todo organizado a través de una conocida agencia de viajes bilbaína especializada en los viajes a Oriente. No puedo decir que esta decisión fuese un error, porque la organización del viaje fue impecable y todo transcurrió de forma perfecta. Es más, considero que ha sido una forma muy conveniente de conocer el máximo de cosas en el mínimo de tiempo.

Sin embargo, la sensación final es que si se puede viajar al Japón por libre ya que sus habitantes no responden a ese patrón prefijado que nos habían contado. Son extremadamente amables y serviciales y aunque si es cierta su dificultad para los idiomas extranjeros, no es difícil entenderte por signos y todo el país está rotulado de forma bilingüe.

Nuestra entrada fue por el aeropuerto de Kansai en Osaka, el más reciente del país, de dimensiones descomunales y construido sobre una isla artificial. Después de atravesar enormes polígonos industriales a través de muchos kilómetros de autopista, llegamos al centro de la ciudad, de aspecto moderno por su reconstrucción después de la guerra. Arrastrando nuestro “Jet-Lag” visitamos una serie de sitios como la torre de Umeda o el castillo construido por Hideyoshi en el s. XVI y reconstruido varias veces.

Para desplazarnos por el país utilizábamos el tren bala, cómodo y rápido. Este tren se inauguró para los Juegos Olímpicos de 1.964 y ya va por la tercera generación, cuya velocidad en pruebas ha alcanzado los 580 Km/h.

Cuesta superar el impacto que produce una visita a Hirosima por mucho que conozcas la historia. Ellos continúan con la herida abierta y se les quiebra la voz hablando de la bomba y sus consecuencias. Pero, sorprendentemente, no tienen ningún resentimiento hacia los americanos. Consideran que cometieron un error muy grave al “despertar al tigre dormido” cuando bombardearon Pearl Harbour sin declaración de guerra. El perder la guerra les ha servido de catarsis para hacer borrón y cuenta nueva en su trayectoria militarista. Hay que pensar que Japón de antes del 39 era un país orientado a la guerra, donde el 80% del presupuesto nacional se dedicaba a esta actividad y los pacifistas eran fusilados. Es difícil imaginar a los prósperos, amables y educados japoneses actuales como relacionados con sus temibles ancestros que conquistaron gran parte del Pacífico y estaban dotados de un fanatismo persistente. Todavía hace no muchos años se ha encontrado algún soldado olvidado de la guerra en las selvas de Borneo, pensando que ésta continuaba.

Kyoto es una maravilla. Baste decir que esta ciudad tiene 17 monumentos Patrimonio de la Humanidad. La población no fue bombardeada durante la guerra ya que era uno de los cuatro blancos elegidos para la bomba. Por fortuna, un mando militar norteamericano se empeño en preservar la ciudad por los tesoros arquitectónicos e históricos que albergaba. Esto nos permite disfrutar hoy en día de esas maravillas. Una visita al barrio de Gion, donde persisten las casa de te y las geishas, nos va poniendo en ambiente. Sorprende ver, todavía hoy en día, la multitud de casas tradicionales en el centro de la ciudad, alternando con modernos edificios en un aparente caos urbanístico, que sin embargo está muy bien integrado. Visitamos innumerables templos budistas y santuarios sintoístas, asistimos a la ceremonia del te y realizamos compras.

La experiencia de un baño japonés nos resulta sorprendente. En una sociedad muy jerarquizada, como la japonesa, la ceremonia del baño es una liberación de complejos. Consideran que una persona desprovista de sus ropas es igual a otra en igual indumentaria y no hay diferencias de categoría. En esta situación, se puede hablar de todo sin límites y sin mantener el respeto obligado por la condición de cada uno. Tuvimos la ocasión de probar esta experiencia en Hakone, estación balnearia al pie del Fuji.

Tokio es una megalópolis, 35 millones de habitantes fruto de la aglomeración de varios municipios. Muy castigada durante la guerra, la reconstrucción muestra una ciudad vanguardista, con las mejores firmas de la arquitectura mundial. Aquí encontramos puntos comunes con Bilbao. Philippe Starck; Norman Foster; Arata Isozaki y otros muchos arquitectos compiten por mostrar alardes técnicos. Un simple paseo por la avenida Omotesando nos permite ver más obras emblemáticas que en cualquier ciudad que imaginemos.

Un paseo por Akihabara, el barrio de la electrónica, nos traslada a otro mundo donde Frikies de la electrónica y el manga conviven con Cosplays (chicas disfrazadas como los personajes de series de manga). Hay que señalar que los tres principales entretenimientos de los japoneses son el Manga, el Karaoke y el Pachinko (máquinas tragaperras). Todos ellos se pueden encontrar en abundancia en este barrio.

Hay muchas cosas más que contar, pero haría interminable esta reseña. Solo os indicaré que mi mujer ya está pensando en el próximo viaje a Japón.

Crónica de Javier Cano