Nuestra ponente, Irene de la Cruz Pavía, es una brillante investigadora que ha tenido la valentía de adentrarse en un territorio científico ignoto, como es el de los procesos de aprendizaje del lenguaje de los recién nacidos con incursiones, como se verá, a etapas previas intrauterinas.

Adquirir algo tan abstracto como es una lengua, no digamos ya varias, en 4 o 5 años es tan complejo como prodigioso. Es importante, nos dice la ponente, hacerse una idea de la extraordinaria complejidad que rodea al lenguaje.

Para empezar, la riqueza lingüística mundial puede cifrarse en unas 6.000 o 7.000 lenguas, aunque la mitad de ellas desaparecerán durante el presente siglo por falta suficiente de hablantes. De hecho, sociedades en las que se habla una sola lengua son raras. En algunas regiones como Guinea Papúa se han llegado a contabilizar hasta 839 lenguas. Sin llegar a esos extremos de pluralidad lingüística, el patrón más normal es que se utilicen varias lenguas, unas con funciones vehiculares y otras domésticas, por ejemplo. Toda esta enorme panoplia de lenguas puede ser agrupada en familias, como las lenguas romances o las germánicas, mientras que otras permanecen aisladas como el euskera. Las lenguas se expresan mediante sonidos o mediante signos. Si nos fijamos en los sonidos, el conjunto de las lenguas del mundo tiene entre 11 y 141 sonidos, algunos de ellos privativos de unas lenguas determinadas. Por su parte, las lenguas de signos son igualmente naturales y complejas a las lenguas orales y en ningún caso son traducciones de lenguas orales.

Pues bien, Irene de la Cruz empieza por enunciar algo relevante que es que los niños aprenden la extraordinaria complejidad de cualquier lengua con la misma facilidad. Para este aprendizaje inicial, lo mismo da una lengua que otra. Desde esta primera constatación, la ciencia ha ido haciéndose distintas preguntas. La primera de ellas ha sido la de comprobar si el lenguaje humano es exclusivo de nuestra especie o, por el contrario, es fruto de un aprendizaje concreto al que no están sometidos otros animales. Se han hecho distintos experimentos como el de criar un chimpancé en el mismo entorno que un ser humano y los resultados han sido extraordinariamente parcos, tanto como para poder afirmar con total seguridad que el lenguaje es una habilidad exclusivamente humana.

Este potencial de efectividad descriptiva y la extraordinaria versatilidad que acompaña al lenguaje humano llega a niveles que parece no alcanzar ninguna otra forma de comunicación. Pues bien, los procesos de adquisición de una lengua se pueden estudiar desde la psicolingüística, es decir, la ciencia que estudia los procesos mentales que intervienen en la adquisición y procesamiento de la lengua o desde la neurolingüística, que estudia cómo esos procesos se manifiestan en el cerebro, es decir, las bases neuronales que explican el lenguaje.

En el estudio de la adquisición del lenguaje contamos con técnicas conductuales que permiten medir precisamente el procesamiento del lenguaje en los adultos. Sin embargo, el verdadero reto era comprobar cómo estos procesos se implementaban en los bebés, dado que era evidente que el lenguaje empezaba a aprenderse desde etapas muy tempranas. Dado que los bebes no hablan, había que encontrar alguna manera de comprobar sus distintas reacciones a estímulos lingüísticos distintos. Para ello, se han venido utilizando principalmente dos técnicas: una en la que se mide el grado de atención del bebé a un determinado estímulo visual mientras escucha estímulos lingüísticos. Otra técnica empleada con recién nacidos es la medición de la frecuencia y amplitud de succión de un chupete en función de los estímulos con los que el bebé es presentado. A mayor frecuencia de succión, más atención. Otras técnicas también han medido las alteraciones que se producen en el cerebro ante los distintos estímulos.

De todo este conjunto de técnicas se ha ido deduciendo una serie de patrones. En torno a los dos años los bebés comienzan a producir un habla telegráfica, por ejemplo, “Luis pegado yo”. Las investigaciones nos han mostrado que, para esta etapa, el bebé ha aprendido cientos de palabras junto con sus significados. Han descubierto también parte de las reglas del lenguaje; la gramática, porque su conocimiento de su lengua es mucho mayor que sus habilidades de producción. ¿Cuándo y cómo han llevado a cabo todo ese aprendizaje?, nos planteaba la ponente.

Llegar a “Luis pegado yo” significa que el bebé ha aprendido a diferenciar las palabras singulares en nuestra habla cotidiana que es en realidad una cadena continua de sonidos. Luego, en algún momento el bebé ha aprendido a identificar esos microsegundos entre palabra y palabra para distinguirlas en una frase.

Es difícil caer en cuenta cabal de la complejidad de lo que estamos hablando. De la Cruz Pavía nos llama la atención sobre el hecho de que aprender a identificar una palabra esconde la complejidad de lo aprendido: en efecto, “manzana”, por ejemplo, presupone entender que es una fruta, más o menos redonda, puede ser amarilla, roja o verde, pero también que puede ser más grande o más pequeña, más roja o más verde. En definitiva, supone aprender también la “idea” platónica, es decir, ese abstracto de “manzana” que tenemos en nuestra mente en el que se engloban toda la inmensa tipología de manzanas concretas y singulares que hay en la realidad de las cosas.

El proceso de aprendizaje es asombroso. Hay que tener en cuenta, nos advierte la ponente, que esa complejidad del idioma tiene que ser aprendida por el bebé en condiciones muy difíciles: a veces hay mucha gente hablando o hablándole a la vez, otras veces, los adultos se dirigen al bebé en un tono normal, otras en susurros, otras veces rápido y otras despacio. Y a todo esto hay que añadir los acentos dialectales que incorporan una infinidad de tonos enorme. Para los 4 años el niño se ha hecho con el idioma. ¿Cómo es posible, nos plantea la ponente?

Es la plasticidad cerebral inicial la que empieza a hacer posible este aprendizaje. Un mallado cerebral que se densifica enormemente en los primeros años de vida, permite adquirir sin esfuerzo ni instrucción explícita la lengua o las lenguas del entorno. Hacia la mitad de la niñez la cantidad de conexiones neuronales comienza a descender, estabilizándose en la adolescencia. A partir de ese momento, el aprendizaje de lenguas será más difícil, con áreas de mayor dificultad, como es el caso del acento. Simplemente, el cerebro se va haciendo más especializado y más eficiente, pero pierde plasticidad.

En este proceso de aprendizaje, el bebé empieza emitiendo sonidos que identificamos como arrullos y que un poco más tarde se tornan en balbuceos. Pues bien, con esos arrullos, nos explica la ponente, los bebés practican vocalizaciones para pasar más tarde a los balbuceos. Hacia los seis meses ya son capaces de identificar un puñado de palabras y alrededor del año producen su primera palabra. Van aprendiendo a un ritmo creciente, dos palabras por semana hasta los 18 meses aproximadamente. A los 18 meses se produce una especie de explosión y los niños empiezan ya a aprender unas 8-9 palabras por semana. Y alrededor de los dos años empiezan también a combinarlas entre sí formando frases elementales como la que hemos visto, y conocen ya unos cuantos cientos de palabras.

Pues bien, por asombroso que parezca, este proceso de aprendizaje empieza ya en el útero materno al que al feto le llegan los sonidos externos, todavía ininteligibles, pero ya con una entonación, una música, propia del idioma y de la persona que lo emplea. Así, los recién nacidos reconocen una historia que su madre les ha leído repetidamente durante el último trimestre de embarazo.

El proceso es similar en las primeras días o semanas de vida. Por el ritmo de succión del chupete sabemos que los bebés identifican su lengua materna, y la prefieren a una lengua desconocida. Es la tonalidad, la música del idioma, lo que ya captan y distinguen. En este sentido, las lenguas presentan tres tipos de ritmo prosódico: el acentual que se apoya en el distinto peso del acento en cada palabra, como el inglés o el alemán; el silábico en el que la unidad homogénea es la sílaba, como el español o el euskera o el moraico que se apoya en las moras, una unidad más pequeña que la sílaba, como el japonés.

Pues bien, los bebés captan estas diferencias de ritmo prosódico y se van apoyando en las mismas para ordenar y separar las unidades del flujo continuo del habla. Así los bebés ingleses captan el ritmo acentual de su idioma hacia los 7 meses. Y si están sometidos a lenguas diferentes, acaban aprendiéndolos igualmente.

Lo relevante a señalar es que, en el proceso de aprendizaje de un idioma, antes que palabras o frases, el bebé vive en un mundo de señales sonoras que va organizando.

Para ello se sirve de varias capacidades. Una de las más relevantes es el aprendizaje estadístico en función del cual el cerebro, especialmente el de los bebés, es capaz de detectar regularidades y probabilidades en la secuencia de las palabras que todavía no entiende de manera que empieza a intuir qué sílabas suelen ir juntas y cuáles no, de modo que la captación de regularidades frecuencias o distribuciones de palabras le ayudan a separar palabras, aprender fonemas, detectar estructuras gramaticales o construir expectativas.

Sobre esta base, Irene de la Cruz Pavía nos explicó que la percepción inicial del habla en los recién nacidos es extraordinariamente abierta y poco especializada, hasta el punto de que en los primeros meses responden de forma similar al habla humana y a las vocalizaciones de otros primates. Al nacer, los bebés actúan como auténticos “fonetistas universales”, capaces de discriminar prácticamente todos los contrastes fonéticos posibles, con independencia de que pertenezcan o no a su lengua. Esta capacidad perceptiva se va estrechando progresivamente a lo largo del primer año de vida, de modo que el cerebro infantil se especializa en los sonidos relevantes de su entorno lingüístico y deja de mantener distinciones que ya no resultan funcionales.

Para entrar en la fase final de su exposición, la ponente nos enfatiza que no aprendemos en secuencia: sonido-palabra-frase. No; aprendemos en paralelo, de manera multinivel y simultánea a partir de información fonética, léxica y gramatical a la vez.

En este aprendizaje simultáneo el bebé necesita “etiquetar” las distintas formas lingüísticas tanto en palabras como en formas, categorías o funciones de manera que en la cabeza del bebé cada cosa tiene su etiqueta lo que le permite inducir que, por ejemplo, una palabra nueva se debe referir a otra cosa diferente a las que conoce. Este proceso de etiquetado permite al bebé reducir la ambigüedad de un mundo tan complejo.

Ahora bien, falta un paso más. A través de lo que se conoce como el “sesgo de forma” el bebé va agrupando objetos por su forma física, lo que abre la puerta a la capacidad de abstraer reglas. Con esto la ponente nos quiere decir que más que aprender palabras una a una, el bebé detecta regularidades, categorías y patrones. Es esta habilidad la que le va a permitir más o menos a los 7 meses descubrir el orden de palabras de su lengua, una propiedad fundamental de la gramática.

Errores clásicos en la formulación de los verbos irregulares, el típico “rompido” en vez de roto, es una excelente señal de que el niño ha aprendido ya la regla general: la de los verbos regulares. Será después cuando vayan aprendiendo las excepciones.

La gramática y su dominio, concluye nuestra ponente, es la etapa final del aprendizaje de un idioma a la vez que nos señala que la gramática no se memoriza, sino que se induce a partir de patrones más o menos constantes.

Irene de la Cruz Pavía es Investigadora Ramón y Cajal e Ikerbasque Research Fellow y dirige en la Universidad de Deusto el Laboratorio de Adquisición y Procesamiento del Lenguaje. Tiene una amplia experiencia internacional en Canadá, Francia e Italia y ha obtenido la prestigiosa beca Marie Curie International Outgoing Fellowship.