Sabía a lo que me exponía cuando aceptamos participar en un crucero. Pero fuimos impulsados por un grupo de amigos con los que hemos viajado en ocasiones anteriores. Mi mujer y yo ya habíamos participado en un crucero por las islas griegas hace más años de lo que me gustaría y el recuerdo de aquella experiencia fue suficiente para prometernos que nunca más nos embarcaríamos en un gran barco de ese tipo. Nos gusta demasiado el mar para desperdiciarlo de esa manera.

Pero la posibilidad de que al viajar con un grupo estupendo de amigos las cosas pudiesen cambiar rebajó nuestra resistencia y nos embarcamos. No me arrepiento de disfrutar con los amigos, pero todo lo demás no defraudó a mis peores previsiones.

Un crucero se caracteriza por alojar una cantidad de personas increíblemente grande en muy poco espacio. Un espacio que se desplaza y, en teoría, permite realizar visitas de alto contenido artístico o cultural. La realidad suele ser mucho menos glamourosa. Una masa de gente de ese tamaño solo se puede mover en poco tiempo con una organización militar. Las colas para desembarcar son desesperantes, lo que reduce el tiempo disponible para las excursiones. El servicio estaba formado casi exclusivamente por ciudadanos sudamericanos, con una amabilidad excesiva, casi artificial, pero de una eficacia y rapidez limitadas para lo que estamos acostumbrados. Media hora para servir unas copas es más de lo que nos suele gustar.

Pero lo peor para mí, que será una ventaja para otras personas, es que no te enteras de que estás en el mar. Un enorme hotel que se desplaza es algo que no se parece en nada a esas imágenes del mar con veleros con las que tratan de seducirnos en la publicidad.

En resumen, para los que les guste convertir unas vacaciones en algo parecido a hacer la mili en la marina, ésta es su opción.