
Desafíos europeos con Joaquín Almunia
El momento al que se enfrenta la UE es, a juicio del ponente, particularmente difícil. El contexto mundial está mediatizado por la formidable pugna en los ámbitos económico, tecnológico o incluso al militar que enfrenta a China con los EEUU por la hegemonía del mundo.
Ese escenario que lo mediatiza todo puede verse alterado con la candidatura de Donald Trump en noviembre próximo que no ha dejado de poner en duda el resultado electoral que hizo a Biden presidente en 2020 lo que, a la postre, cuestiona al propio sistema de la que es todavía la primera potencia del mundo. Un Trump más rodado que en 2016 seguirá, no obstante, intentando dividir a la UE con la diferencia de que en estos momentos el todavía expresidente cuenta con partidarios dentro de la propia Unión como es, entre otros, la Hungría de Victor Orban a la que, fatal casualidad, le toca la presidencia semestral de la UE en pleno periodo electoral norteamericano.
Como las dificultades nunca vienen solas, a la preocupación que surge del Oeste de la UE se une en el Este la guerra de Ucrania provocada por una Rusia ya absolutamente autoritaria que sigue siendo una potencia nuclear formidable pero sin controles democráticos sobre ese arsenal. Este conflicto se puede volver irremisiblemente favorable a Rusia si Trump sale elegido, lo que conformaría el mayor riesgo bélico al que Europa se ha enfrentado desde la Guerra Fría.
Ante semejante panorama, los retos a los que se enfrenta la UE son formidables y, más concretamente, Joaquín Almunia los resume en tres aunque todos ellos pasan por el mismo eje: el reforzamiento de la unidad europea.
El ponente no plantea que la UE deba convertirse en un tercer competidor por la hegemonía mundial, pero sí mantiene que Europa debe alcanzar un peso y una autonomía que le permita corregir una dependencia tradicional que se ha mostrado excesiva en el ámbito militar respecto a los EEUU a través de la OTAN, respecto a Rusia en el suministro energético y respecto a China en el ámbito tecnológico y también económico.
En consecuencia, la autonomía europea sólo puede fortalecerse a través de una mayor unidad comenzando en lo militar con el desarrollo de una estrategia de defensa propia no tan dependiente de Washington. Este reforzamiento pasa por una intensificación del apoyo económico y militar a Ucrania si no queremos correr el riesgo de perder una guerra que envalentonaría a Rusia, especialmente, en su afán disgregador de la UE. El riesgo se exacerbaría con Trump en la Casa Blanca.
Una mayor autonomía pasa, en segundo lugar, por fortalecer una política exterior unitaria que se dificulta por la exigencia de unanimidad en la toma de decisiones en este ámbito. Habría que atenuar este requisito para hacer frente a la necesaria ampliación que la UE va a tener que acometer en el Este desde Ucrania, Moldavia o Georgia, hasta Azerbaiyan o los Balcanes Occidentales. Una ampliación plagada de dificultades que van desde la guerra que sufren algunos candidatos a lo poco homologable de las estructuras y usos políticos en otros o a las generalizadas insuficiencias económicas como para integrarse en mercados abiertos. Desde luego, nos dice Joaquín Almunia, una integración conjunta y de golpe es imposible pero la ampliación, de un modo u otro, tiene que llevarse a cabo por largo que vaya a ser el proceso.
El tercer gran ámbito para ganar autonomía es el de adquirir el tamaño económico suficiente a través de completar el mercado interior. Impulsado desde 1985 por Delors con el apoyo de Mitterrand, Kohl y la colaboración de Margaret Thatcher se diseñó un sistema que paulatinamente ha ido derribando barrera tras barrera. Queda, no obstante, rematar la faena en algunos ámbitos como son los siguientes:
El ámbito de las telecomunicaciones. Las barreras actuales nos impiden avanzar en un mercado digital único que facilitaría el desarrollo de grandes plataformas digitales europeas de las que carecemos. Tenemos Spotify o Booking pero no el equivalente a los Google, TikTok, Facebook, Amazon o X.
Un mercado interior más integrado y potente facilitaría a las empresas europeas ganar el tamaño que les permitiera competir con sus equivalentes norteamericanas y chinas. Parecía que el desarrollo inicial del mercado interior posibilitaría a las empresas europeas recuperar terreno respecto a sus competidoras pero en los últimos tiempos esta tendencia se ha revertido de manera que, según los últimos informes, estamos en un diferencial de un 18% de PIB per cápita respecto a EEUU.
Por su parte, respecto a China nos encontramos que nos provee de productos y tecnologías que necesitamos pero que coloca en nuestros mercados con prácticas y dinámicas poco homologables con las reglas de la Organización Mundial del Comercio lo que nos obliga, campeones de las economías abiertas como nos consideramos, a imponer unas prácticas proteccionistas que nos repugnan. Claro está que estas restricciones, como las que ahora aplica la UE al coche eléctrico chino, inmediatamente tiene sus réplicas como las que afectan al porcino español, por ejemplo.
En definitiva, necesitamos desarrollar el mercado interior para fomentar nuestro desarrollo digital, de la misma manera que nos hace falta un mercado común común de capitales al que tanto se oponen los países medianos y pequeños de la UE. Necesitamos también un mercado común energético en el que la falta de estándares y regulaciones comunes nos genera costes mientras perdemos eficacia y competitividad.
La enormidad de estos retos va a requerir inversiones descomunales. Se habla de 700.000 u 800.000 millones de euros anuales, esto es, el mismo importe de los fondos Next Generation previstos para un periodo de 7 años. Este esfuerzo requiere de una participación mayúscula de capital privado que no va a asumir riesgos si no tiene alguna forma de aval público. La colaboración público privada adquiere, pues, a juicio del ponente, una importancia capital para responder a los retos que plantean los desafíos europeos.
En el animadísimo coloquio que siguió a la intervención de Joaquín Almunia se abordaron multitud de aspectos pero hubo alguno de especial relevancia porque invitaba al optimismo en un panorama en principio tan sombrío.
El primero de estos aspectos es que la UE no se enfrenta a competidores invencibles. Las dificultades norteamericanas son conocidas. Pero en entornos menos transparentes, Rusia es improbable que pueda soportar por mucho tiempo la falta de acceso a mercados occidentales y, por su parte, China se enfrenta, no solo a una crisis demográfica colosal, sino que la falta de un ecosistema libre y abierto está lastrando extraordinariamente su capacidad de innovación y con ésta su competitividad. En definitiva, en el actual entorno geopolítico llueve para todos.
Pero más relevante aun para mantener una visión optimista es la constatación que hace Joaquín Almunia de que la propia historia de la UE no es más que una sucesión de retos que en su día parecían insalvables y que, no obstante, se han ido superando a través de la contrastada capacidad de sus dirigentes y funcionarios y, sobre todo, por la capacidad de diálogo y de acuerdo para alcanzar un grado de desarrollo absolutamente impensable cuando el proyecto comunitario se lanzó en su día.
En Bilbao, Joaquín Almunia. 20 junio 2024
Joaquín Almunia (Bilbao 1948), economista de la Comercial de Deusto, comenzó su andadura profesional como responsable de economía de la UGT, para ser nombrado Ministro de Trabajo y de la Seguridad Social en el primer Gobierno de Felipe González con solo 34 años. Posteriormente, se hizo cargo del Ministerio de Administraciones Públicas. Diputado del PSOE, fue portavoz del grupo parlamentario socialista y, posteriormente, Secretario General y candidato a las presidenciales de 2000. Ya en el ámbito comunitario, Joaquín Almunia fue Comisario de Asuntos Económicos y Monetarios en el mandato de Jose Manuel Durao Barroso que le encomendó la vicepresidencia y la responsabilidad de la cartera de Competencia.






