Braulio Gómez es un sociólogo y politólogo que lleva más de una década en Bilbao. Desde su atalaya del Deusto Barómetro que dirige, mide la evolución social de Euskadi y con esos datos constata una realidad social que, con la frescura de un outsider, describe con unas características muy específicas. Tanto que la denomina el ornitorrinco vasco haciendo un símil con la rareza de ese animal austral.

Desde el principio, el ponente nos plantea la peculiaridad de un entorno social, el vasco, que en su conjunto se mueve en unas coordenadas de centralidad y de debate sosegado que tanto contrastan con la general polarización del escenario español e internacional. De ahí la rareza; de ahí el ornitorrinco.

La peculiaridad vasca, nos dice Braulio Gómez, viene de antes, aunque, curiosamente, fuera de signo exactamente contrario. En efecto, hasta bien entrado el siglo XXI la vida política en España y en Occidente se movía en unos parámetros de cierta normalidad en la que los ciudadanos elegían a partidos y candidatos distintos cuando los anteriores no habían desempeñado su función satisfactoriamente. Pues bien, en este contexto de normalidad política generalizada, la vida social y política vasca estaba polarizada al máximo; tanto que la divergencia política llevaba al antagonismo emocional, al odio, que alcanzaba tal envergadura que se llegaba a matar al adversario político. Euskadi era también entonces un ornitorrinco, pero dibujado en negativo.

Sin embargo, el mundo iba a experimentar un cambio radical a raíz de la gran crisis de 2007-2008. Un entorno hasta entonces más o menos ordenado y próspero entra de la noche a la mañana en una crisis económica colosal de forma que desequilibra todo el edificio económico, social y político, especialmente, en Occidente. El desconcierto de la clase política es total. La incapacidad del establishment para articular alguna salida genera un enorme enfado social que deriva en una pérdida de confianza, no en éste o en el otro partido, sino en todo el conjunto de la clase política y que acaba trasladándose a las mismas instituciones de las que forman parte. Y cuando las instituciones entran en crisis, la misma democracia liberal entra en crisis.

Un segundo efecto de esta parálisis de las élites es el ascenso de nuevos actores políticos, también a la izquierda, pero sobre todo a la derecha extrema, que aprecian la ventana de oportunidad que se les ofrece y se lanzan a socavar la cultura tradicional de consenso que hasta ese momento les ha cerrado el paso.  El resultado de la acción de estos nuevos actores ha sido una polarización general de la vida política de Occidente que en algunos países como, por ejemplo, EE. UU. y también en España, alcanza a lo que Braulio Gómez llamaba la polarización afectiva.

Este es el momento en el que nuestro invitado se instala en Bilbao y es también el momento en el que el País inicia un viraje exactamente en sentido contrario a su entorno y a su tradición. Desde la segunda década del siglo XXI, Euskadi empieza a orientarse hacia una despolarización y hacia una centralidad de a vida política y social que refuerza su carácter de peculiar ornitorrinco, esta vez, en sentido positivo. En efecto, desde la gran crisis empieza a producirse en Euskadi una confluencia entre, de un lado, un cuerpo social probablemente cansado de tantos años terribles y, de otro lado, de unos nuevos titulares al frente de las instituciones vascas que, probablemente, intuyendo el cambio social, empiezan a reforzar el discurso de la moderación. Se trata, exactamente, de la dinámica contraria al entorno que rodea al País donde los actores políticos tiran hacia los extremos.

Esta confluencia en la centralidad es especialmente marcada en los dos grandes partidos que conforman la coalición que desde hace mucho tiempo forma el Gobierno Vasco. También se percibe en el resto del espectro político que, igualmente, empieza a girar hacia posiciones más centradas. De hecho, los extremos, tanto a la izquierda, como especialmente en el gran polarizador que es la derecha radical, tienden a tener en Euskadi una presencia marginal. Desactivados los extremos, el viraje hacia la centralidad del resto de los partidos políticos contribuye a la legitimación de la acción política y también hacia una legitimación del oponente político que refuerza su carácter de adversario, pero no de enemigo.

Se da, pues, como nos señala el ponente, una confluencia entre la tendencia social y la acción política que provoca que las dos grandes cuestiones que en otro tiempo han focalizado y también polarizado la controversia sociopolítica en Euskadi, pierdan fuelle. Se refiere nuestro invitado al debate izquierda-derecha, pero, sobre todo, a la cuestión territorial.

En esta confluencia en la centralidad, el atasco de la centralidad, como lo denomina Braulio Gómez, la sociedad vasca va entrando en una senda de sosiego que redunda en un incremento en la confianza en las instituciones y, con ello, en un fortalecimiento de la democracia misma. En este sentido, los datos son asombrosos: Si en el conjunto de España la clase política es el tercer problema del país, en Euskadi la clase política como problema no aparece ni entre los 15 primeros. Correlativamente, si en el conjunto español la clase política se configura como problema es porque no aporta soluciones a las demandas de la ciudadanía. Pues bien, en Euskadi sucede lo contrario. La confianza que los ciudadanos vascos tienen en sus instituciones, es decir, en su capacidad de ofrecer soluciones, es la más alta de ¡¡Europa!!

En realidad, todo el conjunto de indicadores muestra una coherencia en el mismo sentido. Así, los ciudadanos que no tiene miedo a manifestar en público sus opiniones políticas han pasado del 40 al 60% o aquellos de consideran que la violencia no cabe de ninguna manera en el debate político, supera el 90% de la población. En este mismo sentido, el viraje hacia la visceralidad política que ha tenido el proces catalán, prácticamente no ha tenido repercusión en Euskadi, como no lo ha tenido que una ponencia de autogobierno lleve atascada en el Parlamento Vasco legislatura tras legislatura.

La sociedad vasca actual es consciente de que goza de unos servicios públicos sobresalientes y de que, tal y como se formula, en este País se vive muy bien; igual que siempre. A ello contribuye que vivimos en una de las sociedades más igualitarias de Europa en la que los usos sociales hacen que todos hagamos las mismas cosas, independientemente de nuestros ingresos.

Sin embargo, en el futuro aparecen sombras que también son percibidas por la ciudadanía cuando mayoritariamente contesta que sus hijos no van a vivir mejor que sus padres. Esta impresión social generalizada no es un factor de confianza precisamente; al contrario, lo es de desesperanza. Euskadi se enfrenta a un mundo de grandes tránsitos: energético, medioambiental, digital, de género, etc. Y lo está haciendo desde un cierto languidecimiento económico que denota cierta pérdida de energía social y nos hace progresivamente menos competitivos y capaces, por lo tanto, de generar los recursos necesarios para afrontar estos retos sin pérdida de bienestar social.

Sobre estas cuestiones que están ya configurando el mundo no existen en Euskadi posiciones sólidas y, en consecuencia, pueden ser una presa fácil para que los agentes de la polarización empiecen a ofrecer, como suelen, soluciones sencillas y, por lo tanto, falsas a los problemas complejos.

Según vayamos gestionando estas transformaciones y según sean las instituciones capaces de encauzar estos tránsitos, el ornitorrinco vasco mantendrá o no la capacidad que ha mostrado hasta ahora de resistirse a la polarización.

Braulio Gómez Fortes es profesor de Ciencia Política en la Universidad de Deusto y director del Deutobarómetro . Autor de varios libros y numerosas publicaciones es colaborador habitual del Correo y de EITB.