La exposición de la Dra. Renobales fue extraordinariamente clara, pero, a la vez, minuciosa, precisa y detallada. Para mayor concreción acompañamos la presentación de la que se sirvió en su charla. Aquí reproducimos los aspectos más generales.

Nuestra ponente empezó su exposición por relatarnos que las plantas que comemos son fruto de un proceso de domesticación que, cuando las cultivamos, es una larga lucha contra dos grandes enemigos: las plagas y las malas hierbas. Podría decirse que la historia de la agricultura no es más que la historia de esta lucha ancestral.

Algunos de los métodos tradicionales en esta evolución son muy antiguos, como los injertos conocidos hace ya 3.800años, las mutaciones que las plantas han ido experimentando por puro azar y al proceso de selección por parte del hombre de unas variedades sobre otras. Habrá que esperar hasta el siglo XVIII para que aparezcan las primeras empresas de semillas. El conjunto de estas técnicas a lo largo del tiempo, y otras tecnologías más recientes, han modificado los genomas de las plantas que comemos introduciendo mejoras genéticas que nos permiten, por ejemplo, comer plátanos sin semillas o cultivar berenjenas sin espinas.

Presentación de Mertxe de Renobales Scheifler en Bilbao

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Sin embargo, las limitaciones tecnológicas son las que han conllevado que el aumento de las necesidades alimenticias de una Humanidad en expansión haya tenido como consecuencia un aumento de tierras dedicadas a la agricultura y un aumento de todos los insumos que el proceso lleva aparejado con sus correlativos impactos medioambientales.

Sobre esta base tradicional se han empezado a aplicar en el último cuarto del siglo XX nuevas biotecnologías que han dado lugar a lo que conocemos como alimentos transgénicos. Este nuevo campo de la investigación aplicada ha seguido dos grandes líneas:

-La primera es la transgénesis propiamente dicha. El proceso parte de identificar alguna bacteria, u otro organismo, que contenga una característica de nuestro interés, por ejemplo, una defensa particularmente eficiente hacia ciertos insectos. Se extrae ese gen de la bacteria en cuestión y se prepara en el laboratorio convenientemente para su introducción, mediante distintas técnicas, en la planta que queremos mejorar. La planta así modificada se cultiva in vitro, se desarrollan unas plantas, se selecciona la más adecuada y se lleva a campo abierto.

-La segunda de las técnicas es la edición de genomas o mutagénesis dirigida. De acuerdo con esta tecnología se modifica el genoma de la célula de la planta elegida cambiando alguna de las letras de su ADN. También es posible a través de esta técnica inactivar algún gen específico de la planta o cambiar la expresión del gen sin alterar su secuencia.

Resulta relevante señalar que la transgénesis en una planta cultivada es detectable en un laboratorio mientras que la mutagénesis dirigida no lo es.

Las mejoras que estas nuevas tecnologías aportan a la evolución de la agricultura y a la generación de alimentos en general son formidables. En efecto, el desarrollo de robustas resistencias tanto a las plagas como a determinados herbicidas permite aumentar mucho la productividad agrícola, lo que ralentiza la necesidad de aumentar las tierras cultivadas permitiendo que amplias extensiones se mantengan en su estado natural. Pero es que, al aumentar la resistencia de las plantas transgénicas a las plagas y a determinados herbicidas de menor toxicidad, se reduce la utilización de insecticidas o fungicidas, así como la toxicidad global de los herbicidas. Las plantas tolerantes a herbicidas permiten reducir significativamente el laboreo con la consiguiente disminución de gases de efecto invernadero y, en general, una disminución de costes muy relevante. La obtención, por edición génica, de variedades de champiñón, patata o manzana que no ennegrecen al cortarse evita un desperdicio alimentario que de otro modo es muy grande.

Se han desarrollado también cultivos transgénicos con notables mejoras nutricionales como, por ejemplo, arroz, maíz y plátanos ricos en vitamina A que ayudaría a paliar los déficits en esta vitamina que provoca serios problemas de salud como cegueras infantiles irreversibles en amplias zonas del mundo. 

Antes de su comercialización, en todos los países del mundo en los que se han comercializado, los cultivos transgénicos han superado una serie de rigurosas pruebas de inocuidad para los consumidores y de seguridad medioambiental. La gran mayoría de las principales entidades de salud mundiales como son la OMS, la FAO, y las Academias de Ciencias de todos los países han declarado que estos cultivos transgénicos son nutricionalmente equivalentes a los convencionales. El coste de las pruebas asciende con frecuencia a unos 80 millones de euros…¡por planta!. Y superar estas pruebas no garantiza que se vaya a aprobar el cultivo y la comercialización de la misma. Esta posición tan restrictiva tiene efectos colaterales importantes. Para empezar, semejante coste en las pruebas a un transgénico descarta a universidades y centros de investigación de modo que solo las grandes empresas pueden permitírselo.

Sin embargo, algunas organizaciones ecologistas y ONG han mostrado una oposición frontal a los cultivos transgénicos sin evidencias científicas sólidas, y han extendido un relato del miedo que ha cuajado en la sociedad debido al gran prestigio social de estas organizaciones sin ánimo de lucro.

La Unión Europea tiene una normativa más restrictiva para los cultivos transgénicos que la de otros países naturalmente más proclives a la innovación y, particularmente, a la innovación tecnológica, como EE. UU., Canadá o Australia. En efecto, en el caso de la UE solo se autoriza la importación de algo más de 200 variedades transgénicas de 6 especies, en su mayoría para la elaboración de piensos animales, mientras que solo se permite el cultivo de una variedad de maíz transgénico resistente a insectos que se cultiva en España y Portugal.

Esta actitud europea anti-transgénicos tiene repercusiones en otros países del mundo principalmente africanos que no han aceptado los cultivos biotecnológicos por no perder las exportaciones a Europa de productos alimentarios ecológicos, comprometiendo con frecuencia su seguridad alimentaria. La Unión Europea ha condicionado ayudas para el desarrollo a la utilización de cultivos tradicionales, mediante tecnologías agrarias tradicionales, prohibiendo utilizar cultivos biotecnológicos.

En definitiva, pocos ejemplos como la polémica sobre los cultivos transgénicos reflejan tan bien la pugna entre esa combinación de prejuicios ideológicos e intereses encubiertos y, de otro lado, la evidencia científica de quienes apoyan las biotecnologías.

La Dra Mertxe de Renobales Sheifler es Catedrática jubilada de Bioquímica de la Facultad de Farmacia de la UPV/EHU,  antigua Decana y Vicedecana de la Facultad y Directora de Calidad del Campus de Vitoria, autora de más de 80 publicaciones científicas y especializada en alimentos transgénicos.