La historia vivida de la Vuelta Ciclista a España
El pasado 23 de febrero visitó el Foro el Dr. D. Fernando Astorqui Zabala.
Nuestro compañero Manu Clausen glosó su interesante curriculum profesional. Médico especialista en cuidados intensivos, ha ocupado una buena parte de su carrera profesional en la práctica clínica, pero también ha desempeñado responsabilidades de primer orden en el ámbito de la gestión de la sanidad pública, donde llegó a ser Director General de Osakidetza, y en la gestión de instituciones sanitarias privadas, donde llegó a gerenciar la Clínica de la Fundación Jiménez Díaz.
Sin embargo, el aspecto de su actividad que, sin demérito de los demás, le ha dado más notoriedad, y que era precisamente el que iba a centrar el objeto de su intervención en el Foro, ha sido el desempeño de la responsabilidad de médico oficial de la Vuelta Ciclista a España durante más de treinta años, y el de comisario de la UCI.
La disertación del Dr. Astorqui consistió en un delicioso rosario de anécdotas y episodios vividos en primera persona en su función de responsable del cuidado médico en carrera de los ciclistas participantes en la Vuelta. Pero mucho más que eso, los sucedidos fueron sólo la excusa para una erudita y brillante exposición sobre la historia de los últimos cuarenta años del ciclismo y sobre medicina deportiva.
Ilustrando sus palabras con un entrañable álbum de fotografías en las que él mismo aparecía junto a las grandes figuras de los 70, los 80 y los 90, Fernando se remontó al lejano 1972, año en el que, casi de casualidad, comenzó como ayudante del inolvidable Isidro Salinas.
Nos llevó a los tiempos de la Vuelta organizada por El Correo, dirigida por Luis Bergareche y con final en Bilbao. A los tiempos del Kas y del Fagor, de Txomin Perurena, de Paco Galdós y de González Linares. Años de asfaltos de gravilla y de túneles sin iluminación en los que la mayor preocupación del médico de la Vuelta eran los accidentes. Y tiempos también de precariedad de medios, de cirugías en la habitación del hotel y de forúnculos frente a los que ningún remedio eficaz se podía encontrar en el botiquín de la Vuelta.
Nos estremecimos una vez más ante una imagen que, casi treinta años después, ninguno habíamos olvidado: la de Jaime Salvá en la Vuelta de 1985, ahogándose con su propia sangre tras la impresionante caída en La Coruña, ocasionada por el salto de un perro que desde un balcón se lanzó sobre el pelotón, y de Fernando salvándole la vida, literalmente, en aquel heroico boca a boca retransmitido por televisión, sin más ayuda que su pericia, su valor y un sencillo instrumento llamado “tubo de guedel”.
Nos decía Fernando que este accidente marcó un antes y un después en lo referente a las unidades médicas en la Vuelta. La organización se dio cuenta de la gravedad del accidente y a partir de ahí pusieron a su disposición mejores ambulancias y más material.
Con el referido, el otro episodio más grave vivido por Fernando en la Vuelta, y que también ha quedado grabado en la memoria colectiva de los aficionados, fue la impresionante caída de Raimund Dietzen, en 1989, en el túnel de Cotefablo, en Huesca. Le tuvo que evacuar en el helicóptero de la Guardia Civil, en un vuelo a la desesperada en el que el peligro para la vida del accidentado se hizo extensivo a la del médico, que se jugó el tipo para llegar a tiempo al Hospital de Navarra.
También nos relató los sustos y las angustias que ha sufrido en silencio y en solitario. Los referentes a corredores a los que la razón médica impondría retirarles de la carrera, pero a quienes esa imposición podría costarles un precio irrecuperable, y por los que hay que arriesgar ese poco más que te coloca al límite de lo temerario.
En el turno de preguntas fue inevitable la incursión en los terrenos resbaladizos del doping, del epo, de la chuleta de Irún y de la crisis que ello ha traído al ciclismo.
Fernando, un enamorado del deporte y alguien que ha conocido esos lodos desde dentro y como nadie, fue extraordinariamente prudente al respecto. Nos dejó su impresión de que lo que ha aumentado es la sofisticación de los métodos y la capacidad técnica de detectar el dopaje, seguramente más que su utilización, que siempre se ha dado. Y nos llamó la atención sobre el enorme cinismo que generalmente envuelve los posicionamientos públicos ante el dopaje.
En resumen, una deliciosa intervención de alguien que nos habló de cosas que ha aprendido, pero, sobre todo, de cosas que ha vivido. Y que lo hizo con pasión, con rigor, con amenidad y con cercanía, en el mejor espíritu diletante.

