“Concisión y brillantez” es lo que pide Charles Powell a sus colaboradores y eso mismo fue lo que desplegó el director del Real Instituto Elcano en su magnífica intervención ante el Foro de los Diletantes.

Su ponencia comenzó con un repaso del actual orden, o, mejor, habría que decir desorden internacional que, a juicio de nuestro ponente, tiene como rasgos distintivos los siguientes:

-Primero. Una cierta nostalgia por el contexto bipolar de la Guerra Fría en el que las propuestas y los respectivos soportes del orden mundial de la época estaban bien definidos. Con la caída de la URSS la posición indiscutida de EE. UU. abrió un momento unipolar que la potencia americana no supo ni interpretar, ni gestionar bien como reflejan, por ejemplo, los desastres de Afganistán e Irak que todavía colean.

En la actualidad transitamos hacia un orden multipolar en cuya cima se materializa una pugna sistémica entre dos colosos: EE. UU. y China. Avanzamos hacia un mundo inestable en el que también otros actores como India o Brasil son también relevantes, aunque en otro nivel a gran distancia de los dos grandes líderes. Otro de estos actores es la propia Unión Europea (UE) aunque alguno de sus miembros, por ejemplo, Francia o Alemania y antes el Reino Unido, se resistan a dar a la Unión esa categoría por no renunciar a serlo ellos mismos, por quimérico que resulte.

-El segundo de los rasgos del momento geopolítico actual es la evidencia que resulta de observar cómo el orden mundial que surgió en la II Guerra Mundial de va desvaneciendo mientras sus instituciones, con la ONU y sus agencias a la cabeza, se muestran lentas e ineficaces ante las guerras como Ucrania o Gaza que debían prevenir. También las instituciones económicas internacionales, desde el Banco Mundial y el FMI y también la discreta y eficaz Organización Mundial del Comercio, se van sumiendo en la insignificancia, fruto de la pérdida de legitimidad, credibilidad y eficacia. Todas ellas están en la UCI, nos dirá Charles Powell. En su lugar surgen iniciativas mini laterales, las llama el ponente, que son las que conforman un pequeño número de países que se agrupan coyunturalmente para defender intereses sectoriales o geográficos pero cuya proliferación contribuye también a socavar el orden previo a los mismos.

No dirigimos, pues, resume nuestro ponente, hacia un mundo más transaccional en el que se aprecia el retorno de la Historia y la Geografía que aprendimos en la escuela con sus dinámicas tradicionales. Un mundo incipiente, multipolar y desordenado, en permanente agitación por la pugna entre EE. UU. y China.

Explicado el contexto, Charles Powell, un convencido europeísta según nos manifiesta, plantea la cuestión de cuál es el lugar y el papel de la UE en este marasmo geopolítico.

El punto de partida de un historiador como es el director del Instituto Elcano es que la UE es un milagro que, no obstante, se encuentra en un momento crítico. Para empezar, constituye un mercado de 450 millones de consumidores que, por prosaico que parezca, conforma su principal fortaleza. La UE es, además, una comunidad de Derecho, esto es, regida por normas jurídicas.

Por el contrario, no somos una potencia militar a pesar de que gastamos la friolera de 330.000 millones de euros cada año que contrasta con los 450.000 que gasta China o los 980.000 de EE. UU. La diferencia no es tanto de cantidad sino de calidad. Gastamos mal esa enorme cantidad de recursos porque, básicamente, no los gastamos juntos. La guerra de Ucrania nos ha enfrentado a nuestras carencias militares cuando ha hecho evidente que, o no producimos la munición suficiente de 155 mm que se necesita en el frente o cuando disponiendo de magníficos cazas de fabricación sueca nos vemos obligados a adquirir los carísimos F 35 norteamericanos que, además, tienen un plazo de entrega para 2030, cuando no para 2035.

El caso es que la UE no está hecha para la guerra. Sucede que este milagro que es la UE constituye un Estado posmoderno, esto es, una evolución más depurada del Estado nación tradicional que requiere formas más sofisticadas de gobernanza que, a veces, tanto les cuesta entender a chinos y norteamericanos. Pues bien, este milagro posmoderno que es la UE se hizo, no para la guerra sino para todo lo contrario: para evitarla después de los horrores de la II Guerra Mundial. La guerra no estaba en nuestra hoja de ruta como evidencia el propio lema de la UE “Unidos en la diversidad”. Por esa razón cuando la guerra reaparece ahí mismo, en nuestro patio trasero, nos desconcierta y nos vemos a nosotros mismos como “herbívoros en un mundo de carnívoros” que dijo Joseph Borrell.

La UE, nos dice Charles Powell, se enfrenta a cinco retos sustanciales:

-El primero de ellos es Rusia. El país más extenso de la Tierra no ha sido jamás un Estado nación, nos recordará el historiador que encarna nuestro ponente. Rusia ha pasado de ser imperio zarista a imperio soviético y ahora muta hacia el neoimperialismo de Putin. La pulsión imperial parece, pues, un rasgo del gran país eslavo cuyo talón de Aquiles ha estado y sigue estando en sus nacionalidades, de siempre sometidas a la identidad rusa. Ya sea en su versión zarista o soviética, Rusia como tal siempre se ha impuesto a sus nacionalidades imponiendo su lengua y su cultura y sometiendo, muchas veces por la fuerza, los impulsos que surgían en alguna de esas nacionalidades, como la misma Ucrania, pero también Moldavia, Georgia y otras, de iniciar otras vías de desarrollo diferenciadas, más occidentalizadas, como lo lograron los países bálticos.

Este mismo deseo de Ucrania de integrarse en Europa y en sus modos de vida y gobierno se ha saldado con una invasión militar brutal que ha degenerado en una guerra que ahora los EE. UU. de Trump quiere terminar con una propuesta de paz tan prorrusa que algunos filólogos sospechan que ha sido primeramente redactada en ruso y luego traducida al inglés. Si Rusia consiguiera, nos advierte Charles Powell, la paz en términos tan inaceptables como los que se plantean en la propuesta norteamericana, constituiría un error garrafal de la UE que, además, acarrearía el rechazo frontal de Finlandia, Polonia o los países bálticos que en estos momentos viven en un auténtico estado de guerra. Todos ellos saben que Rusia tomará buena nota de la pusilanimidad europea para seguir con su ambición imperial.

-El segundo de los grandes problemas de la UE es China. Un gigante de 1300 millones de habitantes y que domina todas las tecnologías de la 4ª revolución industrial, desde la IOT, hasta la robótica y, la más emergente de todas ellas, la IA.

China no es fácil de interpretar. Tampoco sus ambiciones. Parece claro que quiere convertirse en una hegemonía regional, consciente que el dominio regional es condición previa y necesaria para convertirse en una hegemonía mundial. Claro está que en ese camino está Taiwán y la flota americana del Pacífico. La antigua Formosa constituye el principal riesgo de desestabilización mundial a juicio de muchas empresas cuando preparan sus mapas de riesgo. Sin embargo, para nuestro ponente, la firme decisión de China de hacerse con el control de Taiwán se acabará materializando en 5 o 10 años ya sea por invasión o, más probablemente, por coerción cuando no por inanición. Y en lo que respecta a la flora estadounidense, China tiene en estos momentos la flota más grande del mundo ya sea en buques o submarinos. Por último, nos dice Charles Powell, es fácil imaginar la inquietud que este panorama suscita en Japón o Corea del Sur con el riesgo subsiguiente de su militarización creciente cuando no de su nuclearización, sobre todo, si observan titubear a su aliado americano.

Respecto a China, la UE tiene una actitud esquizofrénica: por un lado, China se conforma como un aliado contra el cambio climático. Por otro lado, China es un competidor en el ámbito comercial e industrial. Por si fuera poco, china es para la UE también un rival sistémico con el que no comparte valores ni principios convivenciales.

La UE necesitaría desacoplarse de China para ganar autonomía, pero, por otro lado, tampoco le es posible en cuanto que para el logro de sus grandes objetivos necesita, entre otros muchos factores, desde la tecnología hasta las tierras raras que le provee su competidor oriental. Es una situación difícil que salta a la mínima como sucedió en la última cumbre entre la UE y China que terminó abruptamente cuando los europeos afearon a China su apoyo a Rusia en la guerra de Ucrania. La contestación china no pudo ser más inquietante: no querían que Rusia perdiera la guerra porque eso llevaría toda la atención norteamericana sobre la propia China.

-El tercero de los problemas de la UE es Donald Trump.

Lo primero que hace nuestro ponente es llamar la atención del Foro hacia dos puntos. Uno, consiste en la consideración de que el excesivo presidente norteamericano sabe perfectamente la meta a la que quiere llegar, que no es otra que la que ha conformado su think tank de referencia, la Heritage Foundation en su programa 2020-2025.

Es siguiendo ese patrón cuando EE. UU. ha decido dejar de ser hegemónica y benévolo que surgió de la II Guerra Mundial. Lo ha sido durante 80 años y a los europeos nos cuesta digerir que no lo siga siendo cuando la propia UE es, en su origen más primario, una idea que uno de sus fundadores, Jean Monet, extrajo del Tennessee Valley Authority y los espectaculares resultados que se obtuvieron cuando varios Estados se vieron forzados a trabajar juntos en el ámbito del agua desde 1933. Así pues, la UE no solo obtuvo su inspiración de instituciones estadounidenses, sino que, directamente, no hubiera sido posible sin el impulso que le dio EE. UU. Es, pues, radicalmente falso, como defiende Trump, que la Unión se hiciera para fastidiar a los EE. UU.

Ahora bien, nos dice Charles Powell, dirigiendo nuestra atención hacia el segundo factor que quiere resaltar: Trump no es el problema; es el síntoma de una deriva que desde hace 20 o 25 años va desvinculando a EE. UU. de Europa y que tiene una de sus bases en la creencia de que Europa se ha aprovechado de los EE. UU. para progresar y/o pagar su Estado de bienestar. Esa deriva que viene manifestándose ya desde la presidencia de Obama, cuando no desde antes, se hace evidente con Donald Trump.

Cuando este desapego creciente se hace patente, los europeos caemos en cuanta que no somos capaces de defendernos por nosotros mismos. De hecho, estamos a 5 o 10 años de poder hacerlo. Es más, todo el conjunto de la OTAN es inoperante sin los sistemas de control y monitorización norteamericanos. Sin ellos nada podríamos hacer en el caso de una invasión rusa a Finlandia a Polonia, por ejemplo. Los europeos nos hemos amoldado tanto a contar, tanto con el escudo americano, como con un mundo global en el que colocar nuestros productos que observamos con estupefacción que, no es que no seamos autosuficientes en armamento; es que no lo somos ni en la fabricación de aspirinas o mascarillas como se evidenció con la pandemia del COVID 19. En esta situación de debilidad tan agudizada no debe extrañarnos que Úrsula von der Leyen se haya visto forzada a firmar un acuerdo muy poco favorable para la UE y, además, verse forzada a hacerlo de una manera humillante: en un campo de golf situado en un país extracomunitario.

-El cuarto problema de la UE que Charles Powell nos expone es el relativo al Sur Global.

Representando solo el 10% de la población mundial y el 15% de su economía, tampoco resulta extraño que la UE no sea un actor relevante para el Sur Global. Los países emergentes nos miran un tanto cansados de que, desde nuestra relativa insignificancia, les demos lecciones de democracia o derechos humanos o laborales. Mucho menos cuando han visto el doble rasero que hemos aplicado a una guerra que nos incumbe directamente, Ucrania, en comparación con otra que no lo hace tanto, Gaza. Ese doble rasero del que se nos acusa hace que un diplomático boliviano despejara los requerimientos europeos para con la guerra de Ucrania aludiendo que se trataba de una “guerra de blanquitos” que no era de su incumbencia. Junto con la UE también España desempeña un papel cada vez menos relevante en Hispanoamérica.

Por el contrario, China presta sus capitales, su tecnología y sus servicios con absoluto respeto, o mejor, indiferencia, hacia las condiciones políticas o de otro orden que tengan los países con los que se relaciona. Los chinos, en definitiva, transaccionan intereses; no dan lecciones de moralidad.

A pesar de todo, la UE ha logrado firmar un buen acuerdo con Mercosur. Lo es para a UE, pero lo es, sobre todo, para los países del Sur de América en cuanto que el acuerdo contempla la eliminación de los aranceles que ahora mismo gravan el comercio interamericano lo que puede catapultar el comercio en la zona.

Somos un continente envejecido que si quiere responder a este condicionante con la inmigración se topa con un precio social y político altísimo que abre las puertas a las opciones de extrema derecha, además, euroescépticas.

En lo económico, Europa crece poco; solo un 1% que contrasta con el 3% español pero que es, éste último, más una anomalía que irá confluyendo hacia a tendencia general. Por otra parte, la escalera social europea se ha fracturado y nos encontramos con que muchos jóvenes no pueden independizarse y ven comprometidas sus expectativas de progreso lo que va redundando, especialmente en los varones, en un desapego creciente hacia los postulados de la democracia liberal para buscar otras opciones más autoritarias.

En términos generales a los países europeos les cuesta caer en cuanta de una realidad que enunciaba un ministro belga: la realidad de que algunos de los países de la UE son pequeños y otros aún no se han dado cuenta de que lo son.

Ante los retos que el nuevo escenario mundial nos plantea es evidente, recalca Chares Powell, que el Estado no tiene dimensión suficiente para afrontarlos. Con todos estos problemas, con todos estos retos, concluye nuestro ponente, la solución, la única solución posible está donde hace casi 100 años la situó Ortega y Gasset: la solución es Europa.

El historiador hispano británico Charles Powell, doctorado por la Universidad de Oxford, es autos de un número relevante de libros sobre la Transición, sus personales y sus vicisitudes y actualmente dirige el Real Instituto Elcano.