La elaboración de la comida cambia la vida del hombre. Y el desarrollo de la agricultura está en el epicentro de este cambio. Así pues, determinar dónde, cómo y por qué surge la agricultura se convierte en una cuestión central en la evolución del ser humano.  La agricultura surge y se desarrolla de manera independiente en más 20 lugares en el mundo, aunque la investigación de la Dra. Arranz se centrará en el Creciente Fértil.

Pues bien, hasta ahora la narrativa tradicional expone que este tránsito a la agricultura o, si se quiere, el tránsito de las sociedades cazadoras y recolectores a las comunidades plenamente agricultoras, se produce alrededor de 8.000 años a. de C, y de manera relativamente súbita. De ahí que se hable de la “Revolución neolítica”. Las explicaciones de este cambio súbito son varias y van desde la referencia a cambios climáticos que reducirían las especies comestibles hasta obligar a cultivarlas, a cambios demográficos y hasta cambios culturales como los que postula Brian Hayden que defiende que ya los recolectores habían empezado a elaborar pan y cerveza en un contexto de competencia social y tribal en el que estos alimentos constituían un lujo.

En todo caso, estas hipótesis se apoyaban en las evidencias que proporcionaba la arqueología tradicional que se basaba en restos sólidos más evidentes. Sin embargo, el desarrollo en las últimas décadas de técnicas que permitían rastrear también los restos, muchas veces microscópicos, de semillas, tubérculos, raíces o maderas alumbra una nueva especialización científica, la arqueobotánica. Esta nueva especialización abre un mundo de investigación inédito porque permite precisar mucho más todo lo que tiene que ver con el uso de las plantas lo que, a su vez, esboza cual puede ser el medio ambiente de la época y hasta el tipo de economía que prevalecía en el pasado.

Pero, probablemente, uno de los cambios más relevantes que ha traído consigo la arqueobotánica y los descubrimientos asociados a la misma, es un giro radical en el relato tradicional. La nueva evidencia científica indica que el desarrollo de la agricultura no fue un cambio súbito, esto es, no fue una revolución, sino fruto de un proceso evolutivo muy lento que llevó a una codependencia entre los seres humanos y las plantas.

En efecto, la arqueobotánica empieza a mostrarnos que las poblaciones del periodo Paleolítico eran más recolectores que cazadores y, sobre todo, que empezaron a explotar y cultivar las plantas que se domesticarían posteriormente en el Neolítico. En efecto, yacimientos en Irak tan lejanos como de 70.000 a 40.000 a. de C., se encuentran restos de semillas de cebada, mostaza, guisante o de pistacho. En yacimientos de Israel de 21.000 años a. de C., empiezan aparecer utensilios parecidos a molinos que parecen indicar la molienda de algún tipo de cereal. Más cerca, 13.000 a. de C. pero todavía muy lejos del Neolítico, se encuentran en los yacimientos del Creciente Fértil edificios de piedra, utensilios para molienda más definidos, hoces y una profusa de elementos decorativos y simbólicos con motivos geométricos y antropomorfos. En los yacimientos de 13.000 años a. de C. lo que aparecen son ya restos carbonizados con estructuras idénticas al pan que se elaboraba en el Neolítico y en cuyos restos hay evidencias suficientes para determinar la presencia de ingredientes como los cereales.  En definitiva, tenemos evidencias de la elaboración del pan, no en el 7.100 a de C. como era la datación tradicional, sino en el 13.000 a. de C. Un pan que elaboran gentes que todavía eran básicamente recolectores-cazadores.

Ahora bien, ese pan se puede elaborar con trigo silvestre que se recoge mientras se desplazan de un sitio a otro o puede elaborarse desde un cereal previamente cultivado. Las evidencias de cultivo de cereal más antiguos de los que se dispone es de unos 9.600 años a. de C. Estamos, pues, en un periodo todavía precerámico en el que los utensilios son de piedra.

El tránsito entre el cereal silvestre y el doméstico es lento y complejo. La diferencia básica es que, por ejemplo, en el trigo silvestre, las semillas que conforman la espiga se van desprendiendo según maduran para así germinar en el suelo al que caen. En el trigo doméstico, por el contrario, las semillas se mantienen en la espiga por lo que su aprovechamiento es, por un lado, mucho mayor, pero, de otro lado, no se reproduce naturalmente: hay que plantar esas semillas que no han caído al suelo. Este tránsito entre el trigo silvestre y el doméstico dura unos 3000 años y para el 8.000 a. de C. está ya plenamente asentado. En esa época existen ya evidencias de arado y de uso de abono y el pan que se elabora es, básicamente, el mismo que seguimos consumiendo hoy en día. En definitiva, para esa época el ser humano ha dejado de consumir plantas y semillas y consume alimentos.

A partir de entonces, las cosas se precipitan. Los panes dejan de ser planos y pasan a ser fermentados y con la aparición de la cerámica pasaremos del pan a las gachas y al consumo de lácteos hacia el 6.500 a de C.

En definitiva, concluye la Dra. Arranz, la transición a la agricultura no fue un proceso revolucionario sino fruto de una evolución mucho más lenta de modo que no fue la agricultura la que nos llevó al pan sino precisamente al revés: el pan el que nos llevó a la agricultura.

Y en esta evolución, dejó simplemente apuntado la Dra. Arranz, las mujeres jugaron un papel transcendental.

Un animado coloquio en el que se trató desde el contraste del trabajo de la arqueología clásica con la arqueobotánica, la evolución de múltiples cultivos, la aparición de restos de opiáceos y hasta la insinuada relación entre los mitos de paraísos perdidos, como el bíblico, con la transición del Paleolítico al Neolítico, sirvió de colofón a una sesión del Foro tan interesante como amena.

Amaia Arranz Otaegui (Tolosa 1987) es doctora en Arqueobotánica por la UPV. Ha desarrollado su investigación en Siria, Jordania e Irán centrándose en el estudio de la dieta vegetal durante la Prehistoria y el uso de plantas silvestres y su domesticación. Ha trabajado en la Universidad de Copenhague (2015-2020) y lideró un proyecto “Marie Curie” en el Museo de Historia Natural de París (2010-2021). Ha trabajado en el Instituto de Historia del CSIC y actualmente es investigadora de Ikerbasque en la UPV donde dirige un proyecto de la muy prestigiosa “European Research Council” con una “Starting Grant” de 1,4 millones de euros para estudiar el origen de la agricultura. Las publicaciones de la Dra. Arranz son muy numerosas y se recogen en las más prestigiosas revistas especializadas.

 

En Bilbao a 25 de abril de 2024