Viaje al mundo de Cristóbal Balenciaga
Queridos Diletantes:
Hoy viajáis en una pequeña excursión hacia el mundo de Cristóbal Balenciaga. Un mundo peculiar que iréis descubriendo a lo largo de este pequeño viaje y en muchos pequeños detalles.
Da igual que salgáis de la autopista en Zumaya o en Zarauz. El caso es que, al aproximaros a Getaria, veréis los colores del mar y los montes que inspiraron su gama cromática y sus formas y curvas, la orografía protectora que cobijó su identidad, la sociología vasca que marcó su austeridad y rigorismo.
El mar abierto frente a Getaria parece reflejar el horizonte amplio de su trayectoria, el largo camino que emprendió en la búsqueda de la belleza y la perfección. Luego, ya llegados a Getaria y al museo, veréis poco a poco su colección, la plasmación concreta de su excelencia creativa en vestidos de día, de cocktail, de noche o trajes nupciales.
Verdaderamente, es complejo conocer en profundidad no solo la trayectoria creativa y la evolución estética en la obra de Cristóbal Balenciaga, sino también su fundamental aportación al oficio. Por eso, lo más fácil es dejarse llevar por la mirada a las formas simples de sus vestidos, a la elegancia formal de sus cortes, a la organicidad que surge de las siluetas. Pensar en que se trata de verdaderas esculturas creadas por un maestro que solo buscaba unir belleza con perfección, aunque su dominio del oficio también le permitía ofrecer soluciones formales tanto en la construcción de la prenda como en su adaptación al cuerpo de la mujer.
Balenciaga tuvo una extraordinaria influencia en la sociología estética y en las soluciones técnicas de sus creaciones durante casi cuarenta años. Algo que aún perdura no solo en los museos o en los elogios que le tributan los especialistas, sino también en muchas inspiraciones y soluciones que se pueden ver en la moda de hoy.
Cuando dejéis Getaria y os encaminéis por la carretera frente al mar de vuelta a casa, me gustaría que os hicierais la misma pregunta que yo me hago siempre en esa carretera. ¿Cómo es posible que en 1895, en un pequeño pueblo de pescadores donde a nadie se le pasó por la cabeza que un chico quisiera coser y cortar telas, naciera un personaje tan sofisticado, tan sensible, tan humano y tan capaz de sentir la verdadera belleza de las formas y los colores?
Pensar siempre en eso, queridos Diletantes.
Un abrazo fuerte,
Enrique Portocarrero

