El pasado 26 de marzo tuvimos el placer de tener como invitado-ponente a Ignacio María Saralegui Echevarría. Ignacio vive en Puerto Santa María, pero tiene sus raíces en el País Vasco, nació en Gorliz, descendiendo sobre todo de vizcaínos y guipuzcoanos.

Siguiendo las huellas de su padre se dedicó a la labor social de las cajas de ahorro. Ha sido director de la Obra Cultural de la Confederación de Cajas de Ahorro (CECA), desarrollando múltiples programas en diversas materias de tipo literario, musical, etc. Organizó el Congreso Mundial de  Historia del Descubrimiento, con motivo de la celebración del V Centenario. Ha escrito varios cuentos y desarrollado distintas iniciativas en el mundo editorial, creó dos editoriales, Editorial Testimonio y Diptongo, que fueron las que le acercaron al mundo de la tipografía. Actualmente está embarcado en varias tareas literarias inconclusas que le mantienen ocupado la mayor parte del tiempo.

El tema de su conferencia fue «La invención de la imprenta y su introducción en España».  Comenzó haciendo una breve referencia al descubrimiento del papel y de los primeros tipos de imprenta xilográfica, pasando a la fabricación de libros por los amanuenses, que copiaban lentamente los libros en los scriptoria eclesiásticos y talleres de copistas y, finalmente, por razones puramente económicas, a las primeras formas de impresión xilográficas, seguidas por la fabricación de tipos de madera a partir de 1.430, y luego de metales (plomo) fundidos.

Fue una especie de democratización de la lectura, antes reservada a poderosos y eclesiásticos que, a menudo eran los mismos.

Las primeras referencias para la fabricación de los tipos se remiten a Laurenz Janszoon de Haarlem (Holanda), posiblemente orfebre, cuyo método era parecido al de la acuñación de monedas, método lento y poco preciso. Es Gutenberg, nacido en 1.400 en Meinz (Maguncia), quien desarrolla una técnica rápida y precisa para la fundición de tipos metálicos muy duraderos, a través de aleaciones que resistían innumerables impresiones.

Nos describió los orígenes de Gutenberg y su asociación con tres inversores, hecho conocido a través de pleito entre ellos en Estrasburgo en 1.439; así como como la atribución a unos u otros de la invención en otros talleres a lo largo del Rhin. Nos explicó que fue Charles Mortet el investigador más fiable sobre este tema, quien atribuyó la paternidad del invento a Gutenberg.

En cuanto a la introducción de la imprenta en España, nos explica cómo es en 1.466 cuando el obispo de Segovia, Arias Dávila, crea un Estudio General para formar sacerdotes. Es el obispo, junto con el deán, Juan López, los que deciden la contratación de un impresor romano para el Estudio General y, ya en 1.472, se puede situar en Segovia al impresor Johan Parix de Hidelberg.

Es precisamente en ese año cuando el obispo Arias Dávila, establece que los preceptos acordados por el Sínodo de Aquila Fuente se hicieran llegar a los eclesiásticos, escritos a mano, y a los seglares, impresos según el nuevo método en el taller de Johan Parix.

A partir de entonces, en España se instalan muchos tipógrafos, en general a la sombra de las Universidades. Sin embargo, no es hasta la llegada de los Borbones y la Ilustración cuando en España se alcanza unos niveles de calidad comparables y, en ocasiones, superiores a los de los impresores más prestigiosos de Europa.

Nos menciona como los más importantes de este momento histórico a Sancha y Monfort, y en especial al importantísimo Joaquín Ibarra, en el reinado de Carlos IV.

Terminada su exposición siguió el debate, como siempre, que continuó en otro
salón con un grupo más reducido. Hemos podido apreciar que Ignacio es un hombre próximo, afectuoso, sencillo en el trato, al que le gusta escuchar y que le escuchen, así como estudioso e investigador constante, un auténtico diletante.

Ignacio Mª de Saralegui y Echevarría (ha sido responsable de cultura en la CECA y editor, en dos ocasiones; especialista en Joaquín Ibarra, tipógrafo de gran prestigio, inventor de la tipografía que lleva su nombre, a quién la Real Academia encargó la mejor edición del Quijote de su tiempo, a instancias del Rey)